jueves, 03 de diciembre del 2020 Fecha
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¿Cambiarémos alguna vez?

Autor por Emilio Silvera    ~    Archivo Clasificado en General    ~    Comentarios Comments (0)

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Bartolomé de las Casas

Quiero recordar que fue Tomás Moro el primero que mencionó la palabra utopía, él la acuño queriendo significar y referirse a “lo que no es”, algo que queremos y deseamos pero que, las circunstancias actuales no lo permiten, un sueño de futuro, una esperanza que en el presente, es imposible de realizar y si la queremos, tendremos que luchar por conseguirla. Cuando decimos que algo es utópico nos estamos refiriendo a una cosa, un estado de cosas que sería deseable pero que, las circunstancias actuales no permiten y tenemos que tratar de cambiarlas para hacerla realidad. Es como el sueño de hoy que se realizará en el futuro sólo si ponemos los medios para ello.

Él, Bartolomé de Las Casas, cuando fue consciente del trato injusto que los españoles daban a los Indios nativos, comenzó una lucha en su defensa que se convirtió en la utopía que aún perdura en algunos lugares de nuestro planeta: Hacer dignos a todos los seres humanos y respetar sus derechos que continuamente estamos vulnerando. Si miramos en cualquier sitio, del personaje nos dirán:
“Bartolomé de las Casas O.P. (24 de agosto de 1474 o 14841 – 17 de julio de 1566) fue un encomendero español y luego fraile dominico, cronista, filósofo, teólogo, jurista, “Procurador y protector universal de todos los indios”, obispo de Chiapas en el Virreinato de Nueva España -actual México-, escritor y el principal apologista de los indios.”

Algunos, bien intencionados chocaban con la realidad cruda y descarnada de los hombres miserables y faltos de moral que sólo querían enriquecerse

Las Historias que se pueden contar de la llegada de los españoles a aquellas tierras, no siempre son edificantes y, lo cierto es que trastornaron la vida de aquellos sencillos seres que, en su entorno y a su manera, eran felices. Incluso después de ser ordenado, hacia 1512, Las Casas siguió sin percibir la injusticia que con los indios se estaba cometiendo. Sin embargo, un día de 1514, mientras preparaba en su finca de Cuba el sermón del domingo de Pentecostés que iba a proniunciar en la nueva colonia de Sancti Spiritus, fue súbitamente iluminado:

“Aquel que sacrifica una cosa obtenida injustamente -leyó en el Eclesiastés- hace una oferta ridícula, y los presentes de los hombres injustos no son aceptados”

Al cabo de unos días, repitiendo la experiencia de San Pablo, era un hombre distinto. Completamente convencido de “que todo lo que se ha hecho a los indios hasta ahora es injusto y tiránico”, decidió a los cuarenta años dedicar su vida a “la justicia de esos pueblos indios y a censurar el robo, la maldad y la injusticia cometida con ellos.”

¡Cuántas barbaridades cometidas en el nombre de Dios!

 


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