viernes, 17 de agosto del 2018 Fecha
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En el Centro Galáctico

Autor por Emilio Silvera    ~    Archivo Clasificado en Artículo de Prensa    ~    Comentarios Comments (2)

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El centro galáctico

                                                              El centro galáctico – Chandra

El centro de nuestra galaxia, visto como nunca

 

Un vídeo en 360º realizado con datos de poderosos telescopios muestra la Vía Láctea desde el punto de vista de su agujero negro central

 

 

 

La Tierra se encuentra a unos 26.000 años luz del centro de nuestra galaxia, la Vía Láctea. Todavía resulta imposible viajar hasta allí, pero los científicos han podido estudiar esa región mediante el uso de poderosos telescopios que pueden detectar la luz en una varidad de formas. Ahora, un nuevo vídeo realizado con datos del Observatorio de Rayos X Chandra de la NASA y otros instrumentos permite a cualquier persona interesada echar un vistazo en 360º de ese fascinante entorno de máxima gravedad alrededor del agujero negro supermasivo conocido como Sagitario A*.

La visualización parte de los datos infrarrojos proporcionados por el Very Large Telescope del Observatorio Europeo Austral (ESO) de 30 enormes gigantes estelares llamados estrellas Wolf-Rayet, que orbitan a 1,5 años luz del centro de nuestra galaxia. Los poderosos vientos de gas que fluyen de la superficie de estas estrellas llevan algunas de sus capas externas al espacio interestelar.

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            Las estrellas lanzan al espacio ráfagas de energía que chocan con el material circundante

Cuando el gas que fluye entra en colisión con el gas expulsado previamente de otras estrellas, las colisiones producen ondas de choque que impregnan el área. Estas ondas de choque calientan el gas a millones de grados, lo que hace que brille en los rayos X. Amplias observaciones con Chandra de las regiones centrales de la Vía Láctea han proporcionado datos críticos sobre la temperatura y la distribución de este gas de varios millones de grados.

Los astrónomos están interesados en comprender mejor qué papel juegan estas estrellas Wolf-Rayet en el vecindario cósmico en el centro de la Vía Láctea (consulta aquí la investigación). En particular, les gustaría saber cómo interactúan con el vecino más dominante: Sagitario A *, que tiene una masa equivalente a unos cuatro millones de soles.

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                 El centro galáctico es un lugar turbulento en el que no nos gustaría estar

La visualización del centro galáctico es una película de 360 grados que sumerge al espectador en una simulación del centro de nuestra galaxia. El espectador se encuentra en la ubicación de Sagitario A * y puede ver alrededor de 25 estrellas Wolf-Rayet (objetos blancos centelleantes) que giran en órbita a su alrededor a medida que expulsan continuamente vientos estelares (escala de color negro a rojo y amarillo). Estos vientos chocan entre sí, y luego parte de este material (manchas amarillas) gira en espiral hacia el agujero negro. La película muestra dos simulaciones, cada una de las cuales comienza alrededor de 350 años en el pasado y abarca 500 años. La primera simulación muestra a Sagitario A * en un estado tranquilo, mientras que en la segunda se lo ve más violento, expulsando su propio material, lo que desactiva la acumulación de material aglomerado (manchas amarillas) que es tan prominente en la primera parte.

Un estallido hasta hace cien años

 

 

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… oscurece nuestra vista del centro galáctico. De este modo, se inició una carrera para ser el primero en detectar la fuente de rayos-X de Sagitario A*

 

Los científicos han utilizado la visualización para examinar los efectos que Sagitario A * tiene en sus vecinos estelares (el estudio, en Arxiv.org). A medida que la fuerte gravedad del agujero negro atrae grupos de material hacia el interior, las fuerzas de marea estiran los cúmulos. El pozo cósmico también impacta en su entorno a través de estallidos ocasionales que resultan en la expulsión de material lejos de sí mismo, como se muestra en la segunda parte del vídeo. Estos arrebatos pueden tener el efecto de eliminar parte del gas producido por los vientos de Wolf-Rayet.

A partir de estos datos, los investigadores, dirigidos por Christopher Russell, de la Pontificia Universidad Católica de Chile, han determinado que Sagitario A * pudo tener una relativamente poderosa explosión que se inició en los últimos siglos. Ese estallido todavía está afectando a la región a su alrededor, aunque terminó hace unos cien años.

El video en 360 grados del centro galáctico puede verse en teléfonos inteligentes utilizando la aplicación de YouTube. La mayoría de los navegadores de ordenador también permiten su visualización, pero para tener una óptica experiencia los científicos recomiendan utilizar gafas de realidad virtual (VR), como Samsung Gear VR o Google Cardboard.

Más lejos… ¡Objetos más jóvenes!

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Resultado de imagen de A la izquierda, una imagen en falso color obtenida combinando exposiciones en tres filtros con el telescopio Hubble, en la derecha se observa la misma zona del cielo vista con GTC utilizando un único filtro más sensible a la emisión de estrellas muy jóvenes. / UCM.

A la izquierda, una imagen en falso color obtenida combinando exposiciones en tres filtros con el telescopio Hubble, en la derecha se observa la misma zona del cielo vista con GTC utilizando un único filtro más sensible a la emisión de estrellas muy jóvenes. / UCM.

 

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La lente gravitacional permite amplificar los objetos lejanos

 

En el futuro próximo se podrán detectar muchas galaxias como A370-L57 con GTC y Hubble, y otras aún más distantes que estén formando su primera población de estrellas y estudiarlas en gran detalle gracias al telescopio espacial James Webb, que han desarrollado conjuntamente la NASA y la Agencia Espacial Europea, y que será puesto en órbita en 2019.

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                Lástima que la NASA haya retrasado de nuevo su lanzamiento

El James Webb va a permitir contestar algunas de las cuestiones fundamentales sobre cómo y cuándo se formaron las primeras galaxias y estrellas, pero sin duda habrá sorpresas y surgirán también muchas preguntas nuevas. Los próximos años van a ser apasionantes.

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Aquí se captó como se formaba un jóven cúmulos de galaxias en el Universo temprano

Lograr identificar galaxias tan lejanas en sus primeras etapas de formación es un gran reto para los astrofísicos, puesto que la luz que llega es muy débil. Por eso, solo se suele detectar a las más grandes y luminosas, que tienden a ser también las más evolucionadas.

En el Universo encontramos objetos que no dejan de sorprendernos. Ahí aparece la imagen de lo que parece una serpiente cósmica dentro de las estructura de lejanas galaxias.

A la distancia de A370-L57, incluso Hubble sólo puede detectar galaxias que ya tienen cientos o miles de millones de estrellas, formadas a lo largo de decenas o cientos de millones de años. En comparación, esta tiene sólo unos cuatro millones de años de edad y una masa de apenas tres millones de veces la del Sol.

Nuevos vestigios de vida primigenia

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GEOLOGÍA

Fósiles descubiertos en la región de Labrador

Rocas canadienses de hace 3.950 millones de años ¿la huella de vida terrestre más antigua?

 

 

 

                   Detalle al microscopio de una de las muestras de rocas estudiadas T. TASHIRO

Encuentran grafito biogénico, es decir, producido por organismos vivos, en rocas de Labrador. Son unos 250 millones de años más antiguas que otras rocas de Groenlandia en las que se encontró ese material.

 

 

Detalle del fósil hallado en Groenlandia, de 3.700 millones de años de antigüedad. ALLEN NUTMAN

 

 

 

 

La Tierra se formó hace unos 4.538 millones de año y la vida debió surgir varios cientos de millones de años después. Se cree que los primeros organismos posiblemente se originaron hace unos 4.200 millones de años. Encontrarlos es improbable si no imposible, pero los científicos sí están siendo capaces de hallar en rocas muy antiguas pruebas de lo que podría ser actividad microbiana. Y decimos podría porque estos hallazgos no están exentos de polémica científica, ya que esos elementos que indicarían de forma indirecta la presencia de vida también podrían haberse formado por otros procesos.

Tubos de hematita encontrados en el Cinturón Nuvvuagittuq, en Quebec, Canadá.

              Tubos de hematita encontrados en el Cinturón Nuvvuagittuq, en Quebec, Canadá.

Esta semana la revista Nature publica una investigación que describe el descubrimiento en Canadá de las que, según sostiene Tsuyoshi Komiya, autor principal del estudio, serían las huellas de vida terrestre más antiguas, pues se han hallado en rocas de hace 3.950 millones de años. En concreto, los investigadores de la Universidad de Tokio estudiaron rocas sedimentarias de Saglek Block, en el norte de la región de Labrador. Hicieron un detallado análisis geológico y midieron las concentraciones y composiciones isotópicas de grafito y carbonato que, según aseguran, reveló que se trataba de grafito biogénico.

En rocas sedimentarias de hace entre 3.800 y 3.700 millones de años halladas en el suroeste de Groenlandia, recuerda Komiya, se encontraron granos de grafito que también podría ser biogénico, es decir, producido por organismos vivos. Las suyas, serían, por tanto entre 250 y 150 millones de años más antiguas.

Organismos marinos

 

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Los organismos que dejaron esas huellas, explica Komiya a EL MUNDO, habrían vivido hace 3.950 millones de años en el océano y todo el material se habría depositado en el fondo oceánico. Su estudio, asegura, descartó que la presencia de ese grafito se debiera a una posterior contaminación de esas rocas. “Todo el material es autóctono”, asegura. Según detalla, para realizar esta investigación hicieron un mapa geológico de esa zona de Canadá, una tarea que les llevó tres años, y recogieron más de 4.000 muestras.

“El grafito biogénico es el que está relacionado inequívocamente con la vida. En mi opinión, a pesar de la importancia de este estudio en relación con las condiciones de habitabilidad de la Tierra primitiva, las pruebas isotópicas y estructurales (Raman) que aportan no terminan de ser claras e inequívocas en este sentido”, explica a este diario Jesús Martínez-Frías, jefe del grupo de Investigación del CSIC de Meteoritos y Geociencias Planetarias en el IGEO (CSIC-UCM), sin vinculación con este trabajo.

 

 

Vista al microscopio de una de las rocas analizadas T. TASHIRO

 

 

No obstante, Martínez-Frías, considera que “se trata de un estudio muy interesante que incide en aspectos geoquímicos para concluir acerca de las huellas de vida antigua en la Tierra. Pero, no hay que confundir estos resultados con la existencia de biomarcadores claros e inequívocos“.

Un biomarcador, explica, es un compuesto orgánico que procede o está relacionado inequívocamente con la actividad metabólica de un organismo y según Martínez-Frías, lo que se describe en el trabajo “son geomarcadores que evidencian la posibilidad de un origen biogénico, pero no indicadores inequívocos de la presencia de vida”.

LAS PRIMERAS FORMAS DE VIDA

Resultado de imagen de Las primeras formas de vida sobre la Tierra

Determinar cuándo aparecieron las primeras formas de vida en la Tierra, dice Komiya, “es una cuestión difícil porque para ello hay que demostrar que la vida no existía antes de esa fecha. Y en ciencia es un muy difícil probar la ausencia de algo”, reflexiona. Debido a que la edad mínima de la vida en la Tierra es de entre 3.950 y 3.800 millones de años, añade, debió aparecer antes: “Yo, personalmente, pienso que la vida surgió relativamente pronto en la historia de la Tierra”, afirma. Por eso considera que es posible que se originara hace 4.200 millones de años, como sostienen algunas teorías, debido a cómo estaba ya configurado nuestro planeta.

“Personalmente, sí pienso que tal vez la vida comenzó en la Tierra antes de lo que se pensaba en un principio. Y paulatinamente se van detectando más evidencias de habitabilidad indicando que esto pudo ser así “, apunta, por su parte, Jesús Martínez-Frías. “Pero, dicho esto, también hay que ser rigurosos. Como decía Carl Sagan, afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”.

Artículo de Prensa.

La Basura Espacial, un gran problema

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 Reportaje de Prensa: El País
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La órbita en la que se ‘entierran’ los satélites artificiales

La llamada órbita cementerio se planteó para evitar la creación de más basura, pero los expertos reclaman ‘vaciarla’

Representación de la 'órbita cementerio', hacia donde deben ser trasladados los satélites artificiales que llegan al fin de su vida útil.

 

 

Representación de la ‘órbita cementerio’, hacia donde deben ser trasladados los satélites artificiales que llegan al fin de su vida útil. ESA

 

 

Por encima de las órbitas en las que se encuentran las estaciones espaciales, los satélites de observación de la Tierra y los escombros—los expertos calculan que hay un millón de objetos de un tamaño superior a un centímetro flotando en el universo—, hay una zona donde los satélites que han terminado su misión se van a morir. Se trata de la llamada órbita cementerio, situada al menos a 300 kilómetros sobre la órbita geostacionaria (a 36.000 kilómetros del planeta), en la que están los satélites de telecomunicaciones y meteorológicos. El Comité Internacional de Coordinación de Escombros Espaciales (IADC, por sus siglas en inglés) recomienda a las Agencias de todo el mundo a trasladar hacia allí sus aparatos fuera de uso para evitar colisiones como la de 2009, cuando un satélite ruso muerto, de más de 861 kilos, se chocó contra otro de más de 500 kilos. Aquella colisión generó miles de deshechos en el espacio.

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La solución para los satélites que operan en las órbitas cercanas al planeta (entre 800 y 1.000 kilómetros) es ralentizarlos para que se caigan y se quemen en la atmósfera. En el caso de los aparatos que se encuentran en las órbitas más lejanas, se gasta menos combustible para elevarlos hasta el cementerio que para bajarlos a la Tierra. La misión constituye, sin embargo, un desafío, y solo uno de cada tres operadores logra trasladar sus satélites muertos a la zona, según estimaciones del IADC. Los que sí llegan a la órbita cementerio pueden aguantar hasta 200 años antes de perder altitud.

Hay, sin embargo, consenso entre los expertos consultados por este periódico en que la órbita cementerio no es una solución definitiva. “Es una medida que solo posterga el problema y no resulta efectiva del todo, ya que hay otros trozos, algunos del tamaño de una bala, que se mueven a una enorme velocidad y representan mayor riesgo para las misiones espaciales”, afirma Armel Kerrest, vicepresidente del Centro Europeo de Derecho del Espacio de la Agencia Europea del Espacio (ESA). Kerrest también señala que no existe una legislación, solo una recomendación, que obligue a las empresas a trasladar sus satélites a la zona. “La solución”, dice, “sería evitar mandar nuevos objetos al espacio, porque todos se convertirán, eventualmente, en escombro”.

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“Si se continúan posicionando objetos indefinidamente en la órbita cementerio, podría alcanzarse un punto en el que la probabilidad de colisión fuera alta, creándose un nuevo campo de basura espacial que podría intersectar la órbita geoestacionaria y afectar a los satélites de telecomunicación”, explica Manuel Catalán, geofísico del Real Observatorio de la Armada (ROA). Catalán es portavoz de la estación láser del ROA en Cádiz, que se encarga de seguir (y, en algunos casos, corregir) la rota de satélites artificiales inactivos para prevenir colisiones. El experto considera que hay un margen de tiempo de varias décadas hasta que se encuentren soluciones “técnicamente aceptables” para el problema.

Camiones de basura espaciales

 

 

 

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La NASA, por su parte, afirma que “quizá algún día en el futuro, los seres humanos tengan que enviar camiones de basura espaciales” para limpiar la zona. En abril de este año, la agencia espacial premió un prototipo que podría funcionar como algo parecido, no en la órbita cementerio, sino en aquellas más bajas, donde abundan los objetos pequeños: el Brane Craft, un aparato de 90 centímetros, menos de 100 gramos y más fino que un cabello humano, que tendría la capacidad para rodear uno de esos objetos, añadiendo suficiente resistencia para degradar su órbita y enviarlo a la atmósfera.

 

 

La NASA afirma que “quizá algún día en el futuro, los seres humanos tengan que enviar camiones de basura espaciales” para limpiar la zona

La Universidad A&M de Texas también ha desarrollado una aspiradora espacial, capaz de absorber la basura espacial y luego expulsarla en la atmósfera, obteniendo energía de ambas interacciones que puede usar para volar al próximo objetivo de desecho. Otra alternativa es un cohete de plasma, creado por la compañía Ad Astra Rocket, que puede maniobrar grandes escombros, como los satélites. El cohete absorbe el objecto y devuelve los residuos para que se quemen de manera controlada sobre el Pacífico Sur o los traslada a órbitas menos pobladas. “La ventaja de ese concepto de remoción de desechos espaciales es que el motor de plasma permite realizar múltiplas extracciones en una sola misión”, explica Franklin Chang Díaz, ex astronauta de la NASA y fundador de Ad Astra Rocket. La previsión es de que el aparato realice las primeras pruebas en el espacio en los próximos tres años.

Armel Kerrest opina que el futuro, ese tipo de tecnología puede ser útil en la órbita cementerio. Mientras tanto, aboga por que las organizaciones internacionales debatan cómo gestionar mejor el tráfico espacial y los residuos que genera. “Deberíamos tener algo como la Organización Internacional para la Aviación, pero en el espacio. Nos reunimos todos los años a nivel internacional, pero nunca se discute ese tema, porque los gobiernos no quieren pagar por eso”, lamenta.

Sí, eso somos pero, nos ceemos importantes

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Una gota en el infinito

 

 


EFE
  • PEDRO G. CUARTANGO

 

Escribía Rafael Bachiller hace unos días que vivimos en un mundo altamente improbable, haciendo referencia al cúmulo de casualidades que ha hecho posible la vida sobre nuestro planeta.

Factores como la distancia del Sol, la temperatura, el agua, la radiación solar, la masa de la Tierra y la proliferación de algunos elementos químicos hicieron posible la aparición de seres vivos celulares y luego la evolución hasta el homo sapiens a lo largo de millones de años.

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Dado que las leyes físicas son comunes en todo el universo, parece razonable creer en la hipótesis de que puede existir algún tipo de vida racional en lejanas galaxias, situadas a decenas o centenares de millones de años luz.

Según las últimas estimaciones, el universo tiene alrededor de un billón de galaxias, cada una con cientos de miles de millones de estrellas. Un grosero cálculo de posibilidades indica que podría haber decenas de miles de planetas con características muy similares a la Tierra.

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Por ello, resulta verosímil la existencia de vida inteligente en el universo, aunque nuestro problema es que estamos tan lejos que no podemos comunicarnos. Si enviáramos hoy un mensaje que viajara a la velocidad de la luz, 300.000 kilómetros por segundo, tardaría cerca de tres millones de años en llegar a Andrómeda, la galaxia más cercana. De haber alguien que contestara nuestras señales, habría que esperar otros tres millones de años para conocer la respuesta. Por lo tanto, resulta inviable una iniciativa de esas características, dado el enorme tamaño del universo y la imposibilidad de comunicarse a una velocidad superior a la de la luz.

La conclusión que se extrae de todo esto es que con nuestros actuales medios podemos observar lo que ha sucedido hace mucho tiempo a enormes distancias de nuestro sistema solar pero no podemos comunicarnos. Es como si estuviéramos encerrados en una habitación y sólo pudiéramos ver parte del mundo exterior a través de una pequeña ventana.

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A pesar de ello, los avances de la ciencia desde comienzos del siglo XX nos han permitido un conocimiento asombroso del universo hasta el punto de que hemos sido capaces de detectar los efectos de agujeros negros situados a millones de años luz.

Igualmente, hemos podido descubrir la existencia de la llamada materia oscura que, aunque ignoramos su naturaleza porque no interactúa con nada ni es observable, supone casi una tercera parte de la materia que forma el universo.

Todo ello nos abre unas posibilidades inexploradas, pero no modifica nuestra condición esencial: la breve duración de la existencia humana en relación a la escala universal del tiempo. El Big Bang se produjo hace más de 13.000 millones de años, una cifra que contrasta con los 10.000 años transcurridos desde el Neolítico, cuando el hombre descubrió la agricultura y empezó a vivir de forma sedentaria.

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Si lo vemos con perspectiva, la historia del hombre representa un cortísimo intervalo temporal en relación a la edad del universo. Y el planeta es un punto minúsculo en un espacio inmenso por el no podemos desplazarnos, al menos, con el estado actual de nuestra tecnología.

Todo ello nos debería llevar a relativizar nuestra importancia y a darnos cuenta de la insignificancia de la especie humana en ese espacio-tiempo en el que se despliega todo lo existente.

Hemos magnificado nuestra importancia e incluso nos hemos sentido tentados a pensar que algún día seremos inmortales, pero los avances de la física nos ponen en nuestro lugar. Somos una gota de agua en el infinito océano del magma universal.