miércoles, 20 de septiembre del 2017 Fecha
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La Basura Espacial, un gran problema

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 Reportaje de Prensa: El País
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La órbita en la que se ‘entierran’ los satélites artificiales

La llamada órbita cementerio se planteó para evitar la creación de más basura, pero los expertos reclaman ‘vaciarla’

Representación de la 'órbita cementerio', hacia donde deben ser trasladados los satélites artificiales que llegan al fin de su vida útil.

 

 

Representación de la ‘órbita cementerio’, hacia donde deben ser trasladados los satélites artificiales que llegan al fin de su vida útil. ESA

 

 

Por encima de las órbitas en las que se encuentran las estaciones espaciales, los satélites de observación de la Tierra y los escombros—los expertos calculan que hay un millón de objetos de un tamaño superior a un centímetro flotando en el universo—, hay una zona donde los satélites que han terminado su misión se van a morir. Se trata de la llamada órbita cementerio, situada al menos a 300 kilómetros sobre la órbita geostacionaria (a 36.000 kilómetros del planeta), en la que están los satélites de telecomunicaciones y meteorológicos. El Comité Internacional de Coordinación de Escombros Espaciales (IADC, por sus siglas en inglés) recomienda a las Agencias de todo el mundo a trasladar hacia allí sus aparatos fuera de uso para evitar colisiones como la de 2009, cuando un satélite ruso muerto, de más de 861 kilos, se chocó contra otro de más de 500 kilos. Aquella colisión generó miles de deshechos en el espacio.

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La solución para los satélites que operan en las órbitas cercanas al planeta (entre 800 y 1.000 kilómetros) es ralentizarlos para que se caigan y se quemen en la atmósfera. En el caso de los aparatos que se encuentran en las órbitas más lejanas, se gasta menos combustible para elevarlos hasta el cementerio que para bajarlos a la Tierra. La misión constituye, sin embargo, un desafío, y solo uno de cada tres operadores logra trasladar sus satélites muertos a la zona, según estimaciones del IADC. Los que sí llegan a la órbita cementerio pueden aguantar hasta 200 años antes de perder altitud.

Hay, sin embargo, consenso entre los expertos consultados por este periódico en que la órbita cementerio no es una solución definitiva. “Es una medida que solo posterga el problema y no resulta efectiva del todo, ya que hay otros trozos, algunos del tamaño de una bala, que se mueven a una enorme velocidad y representan mayor riesgo para las misiones espaciales”, afirma Armel Kerrest, vicepresidente del Centro Europeo de Derecho del Espacio de la Agencia Europea del Espacio (ESA). Kerrest también señala que no existe una legislación, solo una recomendación, que obligue a las empresas a trasladar sus satélites a la zona. “La solución”, dice, “sería evitar mandar nuevos objetos al espacio, porque todos se convertirán, eventualmente, en escombro”.

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“Si se continúan posicionando objetos indefinidamente en la órbita cementerio, podría alcanzarse un punto en el que la probabilidad de colisión fuera alta, creándose un nuevo campo de basura espacial que podría intersectar la órbita geoestacionaria y afectar a los satélites de telecomunicación”, explica Manuel Catalán, geofísico del Real Observatorio de la Armada (ROA). Catalán es portavoz de la estación láser del ROA en Cádiz, que se encarga de seguir (y, en algunos casos, corregir) la rota de satélites artificiales inactivos para prevenir colisiones. El experto considera que hay un margen de tiempo de varias décadas hasta que se encuentren soluciones “técnicamente aceptables” para el problema.

Camiones de basura espaciales

 

 

 

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La NASA, por su parte, afirma que “quizá algún día en el futuro, los seres humanos tengan que enviar camiones de basura espaciales” para limpiar la zona. En abril de este año, la agencia espacial premió un prototipo que podría funcionar como algo parecido, no en la órbita cementerio, sino en aquellas más bajas, donde abundan los objetos pequeños: el Brane Craft, un aparato de 90 centímetros, menos de 100 gramos y más fino que un cabello humano, que tendría la capacidad para rodear uno de esos objetos, añadiendo suficiente resistencia para degradar su órbita y enviarlo a la atmósfera.

 

 

La NASA afirma que “quizá algún día en el futuro, los seres humanos tengan que enviar camiones de basura espaciales” para limpiar la zona

La Universidad A&M de Texas también ha desarrollado una aspiradora espacial, capaz de absorber la basura espacial y luego expulsarla en la atmósfera, obteniendo energía de ambas interacciones que puede usar para volar al próximo objetivo de desecho. Otra alternativa es un cohete de plasma, creado por la compañía Ad Astra Rocket, que puede maniobrar grandes escombros, como los satélites. El cohete absorbe el objecto y devuelve los residuos para que se quemen de manera controlada sobre el Pacífico Sur o los traslada a órbitas menos pobladas. “La ventaja de ese concepto de remoción de desechos espaciales es que el motor de plasma permite realizar múltiplas extracciones en una sola misión”, explica Franklin Chang Díaz, ex astronauta de la NASA y fundador de Ad Astra Rocket. La previsión es de que el aparato realice las primeras pruebas en el espacio en los próximos tres años.

Armel Kerrest opina que el futuro, ese tipo de tecnología puede ser útil en la órbita cementerio. Mientras tanto, aboga por que las organizaciones internacionales debatan cómo gestionar mejor el tráfico espacial y los residuos que genera. “Deberíamos tener algo como la Organización Internacional para la Aviación, pero en el espacio. Nos reunimos todos los años a nivel internacional, pero nunca se discute ese tema, porque los gobiernos no quieren pagar por eso”, lamenta.

Sí, eso somos pero, nos ceemos importantes

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Una gota en el infinito

 

 


EFE
  • PEDRO G. CUARTANGO

 

Escribía Rafael Bachiller hace unos días que vivimos en un mundo altamente improbable, haciendo referencia al cúmulo de casualidades que ha hecho posible la vida sobre nuestro planeta.

Factores como la distancia del Sol, la temperatura, el agua, la radiación solar, la masa de la Tierra y la proliferación de algunos elementos químicos hicieron posible la aparición de seres vivos celulares y luego la evolución hasta el homo sapiens a lo largo de millones de años.

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Dado que las leyes físicas son comunes en todo el universo, parece razonable creer en la hipótesis de que puede existir algún tipo de vida racional en lejanas galaxias, situadas a decenas o centenares de millones de años luz.

Según las últimas estimaciones, el universo tiene alrededor de un billón de galaxias, cada una con cientos de miles de millones de estrellas. Un grosero cálculo de posibilidades indica que podría haber decenas de miles de planetas con características muy similares a la Tierra.

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Por ello, resulta verosímil la existencia de vida inteligente en el universo, aunque nuestro problema es que estamos tan lejos que no podemos comunicarnos. Si enviáramos hoy un mensaje que viajara a la velocidad de la luz, 300.000 kilómetros por segundo, tardaría cerca de tres millones de años en llegar a Andrómeda, la galaxia más cercana. De haber alguien que contestara nuestras señales, habría que esperar otros tres millones de años para conocer la respuesta. Por lo tanto, resulta inviable una iniciativa de esas características, dado el enorme tamaño del universo y la imposibilidad de comunicarse a una velocidad superior a la de la luz.

La conclusión que se extrae de todo esto es que con nuestros actuales medios podemos observar lo que ha sucedido hace mucho tiempo a enormes distancias de nuestro sistema solar pero no podemos comunicarnos. Es como si estuviéramos encerrados en una habitación y sólo pudiéramos ver parte del mundo exterior a través de una pequeña ventana.

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A pesar de ello, los avances de la ciencia desde comienzos del siglo XX nos han permitido un conocimiento asombroso del universo hasta el punto de que hemos sido capaces de detectar los efectos de agujeros negros situados a millones de años luz.

Igualmente, hemos podido descubrir la existencia de la llamada materia oscura que, aunque ignoramos su naturaleza porque no interactúa con nada ni es observable, supone casi una tercera parte de la materia que forma el universo.

Todo ello nos abre unas posibilidades inexploradas, pero no modifica nuestra condición esencial: la breve duración de la existencia humana en relación a la escala universal del tiempo. El Big Bang se produjo hace más de 13.000 millones de años, una cifra que contrasta con los 10.000 años transcurridos desde el Neolítico, cuando el hombre descubrió la agricultura y empezó a vivir de forma sedentaria.

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Si lo vemos con perspectiva, la historia del hombre representa un cortísimo intervalo temporal en relación a la edad del universo. Y el planeta es un punto minúsculo en un espacio inmenso por el no podemos desplazarnos, al menos, con el estado actual de nuestra tecnología.

Todo ello nos debería llevar a relativizar nuestra importancia y a darnos cuenta de la insignificancia de la especie humana en ese espacio-tiempo en el que se despliega todo lo existente.

Hemos magnificado nuestra importancia e incluso nos hemos sentido tentados a pensar que algún día seremos inmortales, pero los avances de la física nos ponen en nuestro lugar. Somos una gota de agua en el infinito océano del magma universal.

Detectan 234 señales de «inteligencias extraterrestres»

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Detectan, de un solo golpe, 234 señales de «inteligencias extraterrestres»

Publicado por en el Blog de ABC

 

 

Dos astrónomos canadienses creen que otras civilizaciones están enviando hacia la Tierra pulsos de láser. El Instituto SETI, la gran autoridad en la materia, es escéptico y va a investigar las mismas estrellas para comprobar qué está ocurriendo.

No una, sino 234 señales inteligentes de un solo golpe. Y todas ellas emitidas por civilizaciones extraterrestres desde el mismo número (234) de estrellas diferentes. Esa es la extraordinaria conclusión de Ermanno F. Borra y Eric Trottier, dos astrónomos del Departamento de Física de la Universidad de Laval, en Quebec, tras analizar más de dos millones y medio de estrellas registradas en el Sloan Digital Survey en busca de un tipo de señal muy concreta. Una afirmación que otros astrónomos se han apresurado a calificar de “prematura” y que, en efecto, resulta como mínimo arriesgada.

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Lo que yo hago podría cambiar el destino de la Humanidad

Ya en 2012, el propio Borra publicó un artículo en The astronomical Journal en el que sugería que los extraterrestres podrían estar utilizando un láser para sus comunicaciones interestelares. De esta forma, si los ET enviaran hacia la Tierra un haz de láser como si fuera una luz estroboscópica, podríamos descubrir los destellos periódicos de esa luz ocultos en el espectro luminoso de su estrella anfitriona. Los destellos serían muy débiles y se sucederían muy rápidamente, pero podrían ser identificados utilizando la tecnología y el análisis matemático adecuados.

“Además, la cantidad necesaria de energía para emitir esas señales no sería exagerada”, afirma Borra. De hecho, incluso nosotros, en la Tierra, podríamos hacerlo utilizando instalaciones como el láser Helios del Lawrence Livermore National Laboratory, con el que podríamos enviar señales que revelaran nuestra presencia en el Universo.

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Así que Borra y Trottier se pusieron a buscar esa clase de señal en más de dos millones y medio de estrellas. Y la encontraron exactamente en 234 de ellas. Además, se da la circunstancia de que la inmensa mayoría de esas 234 estrellas son del mismo tipo espectral que nuestro Sol, lo cual, según los investigadores, refuerza su hipótesis de que se trata de señales emitidas de forma intencionada. En un artículo aparecido hace unos días en arxiv.org, Borra y Trottier aseguran sin tapujos que 234 civilizaciones diferentes están enviando hacia la Tierra pulsos de láser con una periodicidad que ronda los 1,65 picosegundos (un picosegundo es la billonésima parte de un segundo).

Por supuesto, los dos científicos consideran otras posibles explicaciones, como por ejemplo las rápidas pulsaciones de las atmósferas de las estrellas emisoras, o la rotación de determinadas moléculas. “Debemos seguir un enfoque científico, no emocional -asegura Borra-. “Pero intuitivamente, tengo la firme sospecha de que se trata de señales ET“.

Sospechas del SETI

 

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Las reacciones de otros astrónomos no se han hecho esperar. Y son muchos los que consideran que Borra y Trottier se han precipitado demasiado en su anuncio, sin tener en cuenta todas las posibles explicaciones. Incluso Andrew Siemion, director del Instituto SETI en la Universidad de California, institución científica enteramente dedicada a buscar señales inteligentes en el Universo, asegura que “no se pueden hacer anuncios tan drásticos sin haber agotado antes todas y cada una de las posibilidades”. Por supuesto, el SETI utilizará sus propios medios para “echar un vistazo” a algunas de las estrellas señaladas por Borra.

El investigador se muestra encantado con la idea de que otros intenten comprobar sus datos y conclusiones. De hecho, afirma que la señal procedente de esas 234 estrellas es tan extraña que “si bien nuestro análisis parece indicar que se trata de algo muy real, su autenticidad debe ser validada con más trabajo”.

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Pero los investigadores del SETI no comparte este entusiasmo, y barajan incluso la posibilidad de que los patrones espectrales detectados por Borra y Trottier estén causados por errores de calibración o en el análisis de los datos. Es decir, que se trate de una simple ilusión provocada por errores humanos. Solo queda, pues, esperar a que los expertos emitan su dictamen definitivo. Si todo va bien, pronto conoceremos los resultados.