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Reportajes de Prensa

Autor por Emilio Silvera    ~    Archivo Clasificado en Reportajes de prensa    ~    Comentarios Comments (0)

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15 barrios antiguos y encantadores

Del bullicio nocturno de Djemaa el-Fna, en Marraquech, a las calles de La Habana vieja

17 NOV 2016 Publivcado en el Pais

 

                            Una calle de La Habana Vieja, en Cuba. / peeterv (iStock)

El viajero siempre visita, antes que nada, el centro histórico de las ciudades. Son barrios con alma y suelen concentrar lo más atractivo para el visitante; desde monumentos destacados, como catedrales o mezquitas, hasta tiendas, cafés, restaurantes de moda o museos irrenunciables. Pero, sobre todo, están cargados de encanto, de Historia en mayúsculas y de historias en minúscula. Los viajeros y expertos de Lonely Planet escogieron recientemente los centros urbanos más interesantes del mundo dentro del ránking Los 500 mejores lugares para el viajero. Estos son los 15 más interesantes entre de los más visitados del mundo.

Callejón de la Medina de Fez, en Marruecos. / Silwen Randebrock (Getty)

                   Un mercado con 9.400 callejones

Medina de Fez

No hay quien se resista a la magia de una medina marroquí, aunque haya que renunciar al orden y una arquitectura previsible. Fès el-Bali, corazón medieval de Fez, la tercera mayor ciudad de Marruecos, no es tanto una medina como un espagueti arquitectónico. En este enmarañado laberinto de más de mil años de antigüedad y 9.400 callejones se alzan 14.000 construcciones en las que viven unas 160.000 personas. Mezquitas, madrasas, restaurados riads, dar (casas tradicionales), plateros, comerciantes de cobre, vendedores de baratijas para turistas, curtidores, guías auténticos (y falsos), y todo tipo de personas parecen apretujarse en su interior. Es imposible saber por dónde se va, pero esa es parte de la gracia. Hay que armarse de valor, tomar un buen té a la menta y lanzarse de cabeza.

Plaza de Djemaa el-Fna, en Marraquech. / Matej Kastelic (iStock)

                         El teatro de la calle

Djemaa el-Fna (Marraquech)

Sin salir de Marruecos encontramos otro de los centros históricos más famosos y visitados del mundo. Caótica y cautivadora a partes iguales, Djemaa el-Fna es el animado corazón de Marraquech. Esta plaza es un foco de sonidos y olores, de halqa (teatro callejero) e hikayat (narración oral) desde la época medieval. Durante las horas del día, adivinos y encantadores de serpientes recorren la plaza junto a una variopinta colección de vendedores ambulantes, tatuadoras de henna y dentistas de origen dudoso. En cuanto se pone el sol, la plaza se transforma en una mezcla de música y algarabía; una combinación de circo y vodevil, y concierto al aire libre.

La actividad original de la plaza era bastante más oscura. En el siglo XI era el lugar donde se realizaban las ejecuciones públicas, lo que explica el nombre de la plaza, reunión de los muertos. A pesar de tan macabros orígenes, Djemaa se ha convertido en un centro de ocio que, por las noches, se llena de puestos de comida que ofrecen tajines y caracoles mientras acróbatas, cuentacuentos, músicos y extraños bufones actúan para la gente que pasa. Declarada como Obra Maestra del Patrimonio en el año 2001, si se deambula entre monos vestidos con tutú, bailarinas de danza del vientre travestidas y músicos gnawa hipnotizando a un corrillo de espectadores, se entenderá por qué.

Una vendedora ambulante de comida en el Barrio Antiguo de Hanói (Vietnam). / Marisa Vega (Getty)

                   Recuerdos de la antigua Indochina

Barrio Antiguo de Hanói (Vietnam)

Un poco francés, un poco comunista y muy vietnamita. En el Barrio Antiguo de Hanoi, una muestra de lo que fue Indochina, las mansiones coloniales se mezclan con los frenéticos mercados callejeros típicos del sudeste asiático y los cafés modernos en los que adolescentes danzan al son de rockeras guitarras. Extendiéndose hacia el norte desde el lago Hoan Kiem, la ciudad vieja es el corazón cosmopolita de Hanói y resulta muy difícil no enamorarse de su exuberancia desenfrenada y su joie de vivre.

Se trata, por supuesto, de un barrio comercial –es el principal distrito de compras de Hanói–, donde las tiendas se amontonan como las cajas en un almacén y los escaparates conquistan las calles con resmas de sedas de todos los colores; apenas queda espacio para el incesante tránsito de motos y vendedores ambulantes de comida con los icónicos sombreros de paja vietnamitas. Dentro de todo este caos se esconden tesoros históricos, como la Pagoda del Pilar Único, el Templo de la Literatura y escondidos establecimientos donde se puede comer de todo, desde pho (sopa) a pan francés.

Plaza de San Francisco, en La Habana Vieja. / Bridget Calip (Getty)

                 Esplendor cubano en ruinas

La Habana Vieja

Pasear por las calles adoquinadas de La Habana Vieja es lo más parecido a entrar en una fotografía antigua de color sepia, entre edificios color pastel y coches antiguos. Esta evocadora decadencia la convierte en un caramelo para fotógrafos, aunque no está, ni mucho menos, muerta. Si se pasea de noche se puede ver a sus vecinos bailando al son de la radio y jugando al dominó.

Para el turista que visita la capital cubana resulta imprescindible: aquí se concentran plazas históricas (la de Armas, la de San Francisco, la de la Catedral) y castillos (el de los Tres Reyes Magos del Morro, el de la Real Fuerza, el de San Salvador de la Punta, el de Atares y, sobre todo, el de San Carlos de la Cabaña), pero también edificios simbólicos como la Catedral, el hotel Ambos Mundos, el Floridita, La Bodeguita del Medio, el Gran Teatro… Hay que ir cuanto antes: la apertura de relaciones entre Cuba y Estados Unidos podría devenir en una rápida modernización.

Plaza de Stortorget, en el histórico Gamla Stan de Estocolmo. / Toshket (iStock)

                  Cápsula del tiempo de Estocolmo

Gamla Stan

Los edificios del casco antiguo de Estocolmo rebosan historia. Calles adoquinadas serpentean entre iglesias renacentistas, palacios barrocos, plazas medievales y edificios de colores que albergan acogedoras cafeterías. Fundado en 1250, el pasado de Gamla Stan está plagado de momentos oscuros. Fue asolado por la peste y el hambre, consumido por las llamas y asediado por facciones danesas y suecas. Storkykan, la catedral medieval, domina el horizonte pero hay muchos otros edificios históricos en los que detenerse: el Museo Nobel, la Riddarhuset o Casa de la Nobleza, la iglesia Alemana de Estocolmo (Tyska Kyrkan) o el Palacio Real, construido sobre las ruinas del anterior palacio que se destruyó en un incendio en el siglo XVIII.

Vista del centro histórico de Tallín, en Estonia. / Alexander Spatari (Getty)

               Una joya medieval en Estonia

Centro histórico de Tallín

Deambular por las estrechas calles adoquinadas de la vieja Tallín es como transportarse en el siglo XV, y no solo porque las tiendas de la zona vistan a su personal como campesinos de época. Hay viejas casas de comerciantes, patios medievales ocultos, torres altas y escaleras de caracol que conducen a miradores con vistas espectaculares de la ciudad. Su encanto de libro de cuentos, su distribución en dos niveles y sus impresionantes murallas lo han convertido en un auténtico nido de turistas, pero lo lleva con dignidad. En verano, los cruceristas abarrotan el casco histórico de la capital estona, pero se van a las cinco de la tarde y llega el momento de disfrutarlo a gusto.

Fachadas de colores en el barrio de Bryggen, en Bergen (Noruega). / VYCHEGZHANINA (iStock)

                   El muelle de Bergen (Noruega)

Barrio de Bryggen

Las casas color fuego del muelle del precioso casco antiguo de Bergen dan un cálido brillo al puerto de Vàgen y contrastan enormemente con el azul del fiordo en la distancia. Tal vez Bryggen no tenga el esplendor de otros centros históricos, como el de Gamla Stan de Estocolmo o el de Tallín, pero su aire provincial le da un encanto especial. En otra época, los comerciantes eran el alma de esta ciudad noruega, importante puerto de la Liga Hanseática durante los siglos XIV y XV. Aún conserva intacto ese aire de comunidad unida y uno de los grandes placeres que ofrece Noruega es perderse por sus callejones de madera, en la actualidad refugio de artistas y artistas.

Destruidos por el fuego en repetidas ocasiones, los típicos edificios de madera de Bryggen, a menudo torcidos, se han reconstruido innumerables veces. Los que se conservan son una reliquia del pasado, cuyo encanto tan solo disminuye un poco por su inevitable popularidad entre cruceristas y autobuses turísticos.

Turistas fotografiando a una geisha en el barrio de Gion, en Kioto (Japón). / Lee Yiu Tung (Getty)

                 Memorias de una geisha en Kioto

Distrito de Gion

Podría perdonarse a las misteriosas geishas que limitasen sus apariciones a los best-sellers, pero se las puede ver pasar por las calles de Gion, el antiguo distrito del ocio de Kioto que, aun siendo muy turístico, conserva ese aire de tradición. Las vías más concurridas están llevas de tiendas de objetos lacados y de dulces, pero el auténtico viaje empieza cuando nos adentramos en sus estrechos callejones. Tras las puertas cerradas y las persianas bajadas de las viejas casas de té se esconden restaurantes kaiseki y bares exclusivos, señalizados con farolillos.

Fachada del barrio de Ribeira, en Oporto (Portugal). / Sonia Blanco (Getty)

                  Puerto medieval en Oporto

Barrio de Ribeira

Oporto combina sus encantos urbanos de un modo muy romántico. Es difícil definir el misterio que envuelve al barrio de Ribeira, y que lo convierte en un lugar tan cautivador.

Tal vez sea la fusión de placeres para los sentidos lo que genera ese ambiente único: decadentes edificios color pastel de varios pisos que parece que vayan a caerse frente al muelle; los acordeonistas; los graznidos de las gaviotas; los rabelos (barcos tradicionales) navegando por el río Duero bajo el elegante puente XXXXX, concebido por Gustave Eiffel; el chisporroteante aroma de las sardinas; los cafés, bares y restaurantes que se esconden bajo las arcadas y en los estrechos callejones. Con un café y un pastel de nata (dulce de hojaldre y crema) se disfruta mejor. Al amanecer, al atardecer… El paseo enamora a cualquier hora y desde todas las perspectivas.

Centro histórico de Tiflis, en Georgia. / Tanatat Pongpibool (Getty)

                El corazón urbano de Eurasia

Casco antiguo de Tiflis (Georgia)

Un precioso rincón del Cáucaso con una maraña de callejones, casas de madera, plazas arboladas y bonitas iglesias vigiladas por la fortaleza de Narikaia, del siglo IV. El casco antiguo de Tiflis, capital de Georgia, ha permanecido intacto casi un siglo, con sus casas art nouveau inclinadas de tal manera que cuesta creer que se mantengan en pie. De hecho, debido a la falta de ayudas para su conservación, es posible que muchas acaben desplomándose. Se recomienda disfrutar de todo esto mientras se toma un pan de queso caliente en un animado café.

La Ciudad Vieja de Tifflis fusiona mejor que ningún otro lugar la magia del pasado de Georgia con su lucha por el futuro. Las calles sinuosas, con sus casas inclinadas, conducen a través de antiguas iglesias de piedra hasta plazas umbrías y el ultramoderno puente de la Paz, que cruza el río Mtkvari. Y los cafés tranquilos y bohemios coexisten con modernos clubs lounge a la última.

Calles de la ciudad vieja de Quebec, en Canadá. / Darryl Leniuk (Getty)

                 Murallas en el nuevo mundo

Ciudad vieja de Quebec (Canadá)

El casco histórico de Quebec resulta especialmente singular por ser la única ciudad amurallada al norte de México. Fundada en el año 1608, conserva sus antiguas murallas, puertas y bastiones. Intramuros, el dédalo de calles empedradas y casas de los siglos XVII y XVIII resulta más propio de Francia que de Norteamérica. Hay catedrales con brillantes chapiteles, cafés con jazz de fondo, muros de piedra y todo el romanticismo y misterio de las ciudades europeas. La mejor manera de disfrutarlo es sentarse en una terraza de la calle ante un vin rouge y un plato de poutine (patatas fritas, queso y salsa de carne).

Paseo del Bund, barrio histórico de Shanghái (China). / efired (iStock)

              Paseo urbano por Shanghái

El Bund

Este gran malecón fluvial de la Shanghái colonial es uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad china; en otros tiempos, una especie de Wall Street local, donde se ganaban y perdían fortunas. Lo que en origen fue un camino de sirga para tirar de las gabarras de arroz, se convirtió en la primera escala de todos los visitantes, desde que hace más de un siglo empezaron a desembarcar aquí. Hoy las multitudes vienen por las boutiques, bares y restaurantes, y por las magníficas vistas de Púdong, la nueva Shanghai.

Una de las puertas de la Mezquita del Viernes, en Delhi (India). / Meinzahn (iStock)

                      Caótico batiburrillo indio

La Vieja Delhi

Jaleo de motos, algarabía de ruidos, intensos aromas y colores chillones: la Vieja Delhi representa toda una prueba para los sentidos de los turistas, especialmente en su primer viaje a India. Este barrio medieval que se extiende alrededor del Fuerte Rojo es un intrincado dédalo de callejas y templos con animados bazares, todo empapado de historia musulmana, sij e hindú, aunque al mismo tiempo revestido de vida india más moderna. Sin duda, una experiencia algo mareante pero inolvidable.

Plaza Hippocrates, en la ciudad vieja de Rodas (Grecia). / ian wool (iStock)

            Ecléctico barrio fortificado

Ciudad Vieja de Rodas (Grecia)

Épocas e imperios del pasado acechan en todos los rincones de la Ciudad Vieja de Rodas, impregnando la arquitectura clásica, bizantina, medieval y otomana de este puerto fortificado en la cuarta isla más grande de Grecia. En sus evocadoras calles empedradas, ancianas vestidas de negro observan desde la puerta de sus casas y el olor a cuero se funde con la fragancia de las buganvillas. Perderse forma parte de la diversión: hay que internarse en ella desde el paseo peatonal del foso, parando en tiendas y restaurantes hasta que logremos, sin prisa, orientarnos de nuevo.

Panorámica del barrio de Alfama, en Lisboa. / Sean Pavone (iStock)

                       El alma de Lisboa

Barrio de Alfama

Alfama enamora tanto desde el turístico tranvía 28, que sube serpenteante desde la Baixa casi rozando las puertas de las casas, como paseando por su laberinto de callejones. Es el alma y el corazón de Lisboa. De día hay que esquivar la ropa tendida en los balcones y hacerse un hueco entre el gentío que abarrota los miradouros (miradores) para se asoman al río Tejo. De noche, cuando el sonido del fado se cuela en los bares, el ambiente cambia. De día o de noche, la Alfama merece más de una visita. Y en lo alto, presidiendo todo, el castillo de San Jorge.

Fiuente: El País

El Verano en mi Ciudad

Autor por Emilio Silvera    ~    Archivo Clasificado en Pequeño reportaje, Reportajes de prensa    ~    Comentarios Comments (0)

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 El verano en mi ciudad

Punta Umbría  Punta Umbría  Huelva

A unos pocos kilómetros de Huelva, tenemos algunas playas como las de Mazagón, Matalascañas, El Portil, El Rompido, La Antilla, Isla Canela y, cerca, está el Cabo de San Vivente en Portugal que hace el dibujo puntiagudo de la esquina peninsular por el Sur. La Capaital se queda prácticamente vacía los fines de semana y, todo el mundo, se desplaza hacia las playas a disfrutar del Sol, de la fina arena blanca y de los baños en la costa onubense que, son de agua templada y muy agradables.

Punta Umbria, es la playa de los huelvanos, y, en ella, desde que empezaron a colonizarla los Ingleses de las Minas de Rio Tinto, se fueron ubicaron las familias de la Capital y de los pueblos limítrofes hasta hacerla una playa de gran afluencia en verano (1.000.000 de personas) que, cuando pasa la época estival, desaparecen para que vuelva el pequeño pueblo de pescadores que en origen fue Punta Umbría.

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El municipio de Punta Umbría, en la provincia de Huelva, se ubica a solo 16 kilómetros de la ciudad de Huelva y 110 kilómetros de Sevilla.

Lugar aparicion

www.La Huelva-Cateta.es

Lugar exacto de la aparición de los restos. La zona más clara al norte es El Almendral, donde se sitúa la ciudad islámica de Saltish. Justo enfrente del círculo, en la orilla izquierda de la ría, donde se aprecia un puerto deportivo se encuentra el yacimiento del Eucaliptal. Un poco mas al norte, en la misma orilla están los restos de La Peguera

El misterio rodea esta aparición de los restos y se ha iniciado una investigación para datar de forma más precisa los huesos. La zona en la que han aparecido es la periferia del gancho arenoso de la Cascajera, en su unión con la marisma. Este gancho ya existía en época romana y en la zona han aparecido restos cerámicos asociados a explotaciones de salazón romanas, puestas en relación con piletas romanas de la zona del Almendral (junto a los restos islámicos de la ciudad de Saltish) y con el poblado del Eucaliptal en Punta Umbría, justamente en la orilla opuesta a la de los restos encontrados.

Esta localidad dispone de numerosos emplazamientos de gran interés, como por ejemplo el yacimiento romano de El Eucaliptal, situado en las afueras del núcleo urbano de Punta Umbría. Aquí es posible encontrar numerosos restos que dan cuenta de la vida cotidiana de la época, así como de tipo funerario, los cuales corresponden al período comprendido entre los siglos II y IV después de Cristo.

“La Iglesia de Nuestra Señora De Lourdes es el principal templo religioso del lugar, cuya construcción, que estuvo a cargo del arquitecto Pérez Carasa, finalizó en el año 1950.

Siguiendo con el recorrido, es posible visitar la Torre Umbría, una torre de defensa que fue levantada entre los siglos XVI y XVII a pedido del Rey Felipe III con el fin de  vigilar la costa ante el posible ataque de los piratas. La torre era custodiada por carabineros y estaba rodeaba por un pequeño poblado de pescadores. La Torre Almenara es, sin dudas, el monumento más emblemático de Punta Umbría, preside su escudo y es símbolo del pueblo.
Si de naturaleza se trata, nada mejor que trasladarse hasta los Enebrales de Punta Umbría, un paraje natural que ocupa una extensión de 178 hectáreas. Dispone de un cordón dunar, dominado por enebros y sabinas, lo cual dota de una característica singular al paisaje.

La Mata Negra / Los Enebrales

                         Arriba la Torre y la zona conocida como la Mata Negra y los Enebrales

Al mismo tiempo, merece la pena dar un paseo por La Norieta, un parque periurbano de 94 hectáreas, que se encuentra dentro de la reserva natural de la laguna del Portil. Es un espacio sensacional para la recreación,  en donde se reúnen los habitantes de las poblaciones aledañas para disfrutar de la naturaleza.

                        El espacio salvaje se ve invadido por la “civilización”

La Laguna del Portil, formada por el represamiento de arroyos por acción de las dunas móviles,  constituye una reserva natural de enorme belleza. Posee una vegetación palustre, que incluye especies como juncos, espadañas, castañuelas y ranúnculos. Además, cuenta con una rica fauna, conformada sobre todo por aves, ya que esta reserva es usada como lugar de paso en su ruta migratoria, además de ser una zona de invernación de ciertos ejemplares.”

Punta Umbría

En esta zona, donde vivimos muchos años cuando mis primeros tres hijos eran pequeños: Maria del Carmen, Raquel y Emilin. ¡Emilin! Un torbellino de energía que no podía quedarse quieto ni un momento, lo mismo se pasaba a la otra banda de la ría para coger bocas que, buceando en el Espigon, nos traía a casa una redecilla llena de camarones… ¡Qué personaje entrañable!

                     Arriba la parte de la Ría y debajo una escena de la Playa en Punta Umbría

Como Sevilla está muy cerca y sus habitantes huyen de los más de 40 ºC que en aquella Capital tienen que sopoirtar, los fines de semana, en avalancha de caminonetas y vehículos particulares de todo tipo, las playas de Huelva son literalmente invadidas, sobre todo, las de Matalascañas que les coge más cercanas.

              En Matalascañas tenemos metida a medio Sevilla en verano

Por mi parte, será porque desde pequeño la visitaba con frecuencia con mi padre, pescador de profesión, en aquellos barquitos veleros de mi abuelo Emilio que, por aquellos tiempos,  se dedicaban a la pesaca de la Caballa que vendían en la consevera de Tejero en la Rábida (hoy desaparecida). Mi tendencia es siempre Punta Umbria, la más familiar y conocida de rincones más acogedores y panoramas más luminosos y bellos.

Desde cualquier punto que la queramos mirar, desde las distintas perspectivas que podamos encontrar, siempre nos sorprenderán la belleza natural de una zona privilegiada en la que la Naturaleza se esforzó por dejar todo lo mejor de su variado repertorio de escenarios naturales para que, nosotros los humanos, podamos gozar en paz y tranquilidad.

Como mi casa está situada a escados 15 kilómetros de todos estos lugares, los visitamos con frecuencia y podemos disfrutar de estos parajes naturales en los que, de vez en cuando en la retama del camino, podemos encontrar ¡Camaleones! que en pequeñas colonias protegidas perviven… ¡A pesar de todo!

Resultado de imagen de Camaleones en los enebrales

                      El Camaleón en la Retama

Cuando los chicos eran pequeños y paseábamos por allí, algunos de ellos cogieron para poder verlos y asombrados miraban aquellos ojos que giraban en círculo de manera imposible. Una vez saciada la curiosidad, los volvían a dejar en sus enebrales para que siguieran su rumbo en paz. Si supiéramos respetar la Naturaleza y a todos los seres que la pueblan… ¡En otro mundo mejor viviríamos.

            En esta zona se ubican los pequeños pesqueros del pueblo marinero

Sitios como este abundan en la Playa de Punta Umbría en los que, por módicos precios se puede comer bien y a gusto de todos. El marisco es el plato que más prolifera, ya que, en la zona, la Gamba Blanca de Huelva es la reina de todas las fiestas. Incluso en el verano se dedica un día a “La Fiesta de la Gamba” y, es un panorama digno de ver como llegan de todas partes para degustar el producto de la costa onubense por poco dinero.

                            Hay buenos hoteles para aquellos que lo pueden pagar

El Apartamento playero está cerrado y, con mi mujer, acostumbro todos los días de lunes a jueves, a dar una vuelta por el Terramar, un lugar agradable junto a la Playa donde tomamos un cafe, y, mientras ella toma un baño compartido entre el océano y el Sol, yo escribo en una de mis libretas para sacar algún trabajo que poder ofrecer a ustedes.

Bueno que el verano (que se acaba) sea para todos un buen recuerdo.

emilio silvera

Viaje con nosotros por el Tiempo

Autor por Emilio Silvera    ~    Archivo Clasificado en Reportajes de prensa    ~    Comentarios Comments (0)

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Llegó el auge de novelas sobre viajes en el Tiempo, subgénero creado por un olvidado autor español.

viajeros en el tiempo, con la máquina ideada por Gaspar en 1887, vistos por el ilustrador gallego Pinturero.

Tic-tac, tic-tac. Suenan los relojes en Avilés. sea con el frío e inaudible latido digital los prácticos o con el potente vibrar de un reloj de leontina los románticos, el constante fluir del tiempo se percibe en la ciudad asturiana, capital de la literatura fantástica mundial por su festival Celsius 232, que se despide hoy sábado. La importancia del reloj (y el calendario) la da una ola de novelas —muchas, de cuño y con firma española; otras, reediciones de clásicos en el olvido— con el mismo leitmotiv: los viajes en el tiempo como pilar central de la trama.

El caso es que los autores de estos paseos temporales, Félix J. Palma y su venidera El mapa del caos (Plaza y Janés), Vladímir Voinóvich y su clásico Moscú 2042 (Automática editorial), Tim Powers y sus reeditadas Las puertas de Anubis (Gigamesh), Nerea Riesco y su Tempus (Minotauro), Nina Allan y sus Máquinas del tiempo (Nevsky), en la boca un padre al que venerar: H.G. Wells, que escribió su inmortal La máquina del tiempo en 1895 y del que la editorial Sportula prepara una reedición con nueva traducción del ganador del Minotauro Rodolfo Martínez. Pero resulta que el verdadero colonizador de este subgénero de lo fantástico fue, pasó con las Américas, un español: Enrique Lucio Eugenio Gaspar y Riambau (Madrid, 1842 – Olorón, 1902). Diplomático, dramaturgo y autor de la primera novela de la historia de la literatura que inventa una máquina para viajar en el tiempo: El Anacronópete (1887).

 

Enrique Gaspar, de Manuel Alviach.jpg

 

Enrique Gaspar fotografiado por Manuel Alviach

Gaspar era un trotamundos. Grecia, Francia, China… Vida de diplomático que le costó a su prestigio literario al estar lejos de los círculos de influencia (periódicos y tertulias) de la época. Así las cosas, se planteó arrumbar por una vez su producción dramatúrgica y escribir la primera novela que inventaba una máquina del tiempo y planteaba este subgénero dentro de la naciente ciencia ficción, después de las célebres fantasías de Dickens (Un de navidad, 1843) o Poe (Un cuento de montañas escabrosas, 1844). ¿Cómo es máquina que inventa? Pues algo así como una casa voladora con unas “cucharas” que le permiten cambiar el giro de la esfera terrestre y con ello retroceder en el tiempo. María de los Ángeles Ayala (Alicante, 1950), profesora de literatura en la Universidad de Alicante y experta en el siglo XIX, señala que además de pionera la novela merece la pena: “Su calidad literaria es muy alta. Como era un gran dramaturgo, construye unos diálogos y personajes estupendos”. Eso sí, no se moja al compararla con la archiconocida de Wells: “Las dos grandes méritos”.

Portada original de ‘El anacronópete’, primera novela de la historia con una máquina del tiempo escrita por el español Enrique Gaspar. / Francesc

La obra ahora mismo se encuentra descatalogada. Pero sus semillas inverosímilmente han arraigado en jóvenes autores españoles. Al menos en uno. Francisco Miguel Espinosa (Alicante, 1990), de 24 años, y que presenta en Avilés su Cabeza de ciervo (Dolmen, 2014), es ferviente admirador de esta novela y tiene hasta escrita una segunda parte: “Se titula El Anacrónopete conquista el futuro. Me encontré con las cartas de rechazo de editores que nada sabían de la obra original: ‘No podemos publicar la continuación de algo que nadie conoce’. España es de esos lugares que se vanaglorian en olvidar sus logros”.

Pero aparte de quién fue el primero, el viaje en el tiempo literario tiene por pregunta esencial el cómo. Varios cómo. El primero es el teorema/ingenio/magia que permite el viaje. La máquina del tiempo es el ejemplo estrella: aparatosa, acompañada de luz y rayos y un probable estallido en blanco. Pero se puede viajar en el tiempo haciendo click en una cámara de fotos, como sucede en Legión (Brandon Sanderson, Fantascy), donde un científico consigue retratar el pedazo del pasado que elija. Solo con conocer el instante y el lugar preciso, ¡voilà!, Cristo ascendiendo el Gólgota, Julio César y los puñales, la cabeza de María Antonieta… Pero puede ser algo tan abstracto como una enfermedad: “Cronotenia, una enfermedad que te hace saltar en el tiempo”, confiesa, entusiasmado, Félix J. Palma (Cádiz, 1968), único best-seller español de género fantástico en el Top del The New York Times que cerrará en octubre su ambiciosa trilogía de ciencia ficción decimonónica con El mapa del caos. “El tejido del tiempo se resiente con estos saltos. Y claro, hay que enviar a unos cyborgs para que eliminen a los infectados antes que la realidad se colapse”.

 

 

 

Segundo cómo: ¿Cómo es el tiempo? ¿Es reversible? ¿Es inmutable? ¿Es infinito? Tres teorías se han planteado en la ficción como respuesta. Uno: que no puede cambiar, como han sostenido autores como Tim Powers en su clásico Las puertas de Anubis. Dos: que sí cambia pero que altera irreversiblemente la historia y así el hogar del viajero nunca existió/existirá; o aún peor, el propio viajero, como ocurría en la inolvidable Regreso al futuro con Michael J. Fox viendo cómo su carne se volvía translúcida. Tres, que por cada decisión que tomamos, tan banal como pedir una coca cola en vez de una caña, creamos un nuevo universo. Y el conjunto de todos ellos, que jamás se tocan, se llamaría multiverso. En este último paradigma se mueven la mayoría de novelas contemporáneas, como sucede en las sugerentes Máquinas del tiempo de Nina Allan (Londres, 1966), donde un reducido elenco de personajes va reencontrándose en distintas hebras del tiempo: “Me gusta pensar que el viaje en el tiempo no es algo épico, sino algo del día a día. Que lo hacemos cada vez que tomamos una decisión, de una manera natural, sin pensar en ello”.

 

 

Los efectos secundarios de viajar en el tiempo en ‘Regreso al futuro’.

 

¿Y qué dice la ciencia de todo esto? Pues poco menos que: “¡Paparruchas!”. Luis Álvarez Gaume (1955, Madrid), director durante seis años del departamento de Física Teórica del CERN, el hogar más ilustre de la cuántica mundial, ve entre los que se toman en serio del multiverso y los que creían en el espiritismo pocas diferencias: “Es literatura barata, paradojas psicolingüísticas. Que sepamos, solo se puede viajar en el tiempo hacia delante”. Gaume arranca de raíz cualquier escapatoria fantasiosa a ese “que sepamos”. Algunos son complejos y tienen que ver con que no se puede entender el mundo cuántico más que como una sopa de energía, de interacciones constantes que no permiten aislar un suceso concreto de su entorno y juguetear con él para sacarlo de su espacio-tiempo. Otras, de lógica aplastante: “La primera paradoja la sabemos todos: ¿qué pasaría si mato a mi abuelo? Pero hay otra: Si alguna vez fuera posible, entonces, ¿dónde están los turistas del futuro?”.

 

Portada de ‘Una aventura en el tiempo’ (Nevsky), el viaje de dos académicas de Oxford al Versalles de María Antonieta.

Para los que quieren seguir soñando, hay historias capaces de fascinar a espíritus como el de Jean Cocteau. El polifacético artista firma el prólogo de Una aventura en el tiempo, gema singular que rescata la editorial Nevsky y que narran en primera persona Charlotte Morby y Eleanor Jourdain, directora y subdirectora de Oxford a finales del siglo XIX y principios del XX que creyeron sufrir un viaje en el tiempo al Versalles de María Antonieta. Es más, el manuscrito ensayístico, prolijo hasta lo enfermizo en los detalles y análisis de la experiencia que afirman vivir, describe un encuentro con la mismísima reina el 5 de octubre de 1789, cuatro años antes de su muerte y el mismo día en que una horda de mujeres marchaba a palacio para ajustar cuentas con el Viejo Régimen. Mapas, testimonios y un dédalo de notas bibliográficas que abruman para corroborar unos hechos increíbles.

El viaje en el tiempo, sin embargo, no necesita de tantas alharacas. Basta con un plan de urbanismo benévolo. Por ejemplo aquí, en Avilés, el festival se celebra en el casco antiguo. Y así en un vértice de la Plaza Álvarez Acebal tenemos la Iglesia de San Nicolás de Bari, del siglo XII. Una cuesta más abajo y unos cuantos escalones está el Palacio de Ferrera, del XVII, ahora un cinco estrellas de la cadena NH. En resumen, logotipos aparte, el pasado existe en el presente. Tim Powers (Buffalo, 1952), una de las estrellas del festival, así lo cree: “Piensa en el Cairo, en las Pirámides. Tener esas obras de hace milenios nos permite hacer verosímil lo imposible. Hacer creer al lector que sí, se puede viajar en el tiempo”.

Fuente: El País. (Para hacerlo más ameno, me tomé la libertad de adornarlo con algunas imágenes).