domingo, 28 de mayo del 2017 Fecha
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LA MÍTICA TIERRA DE TARTESSOS II

Autor por Emilio Silvera    ~    Archivo Clasificado en Rumores del Saber    ~    Comentarios Comments (1)

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EL ASPECTO ORIENTAL DE TARTESSOS

La influencia del mito de Tartessos ha tenido tanto peso en la comprensión de la prehistoria española, que el nombre ha dado origen a varios conceptos académicos: cronología tartésica, cultura tartésica, geografía tartésica e incluso arqueología tartésica se han convertido en conceptos distintos y separables, pero también son temas complejos de debate. Se usan para definir el Bronce Final en el suroeste de la Península Ibérica, como hemos señalado antes, pero también son especialmente aplicables al período posterior al cenit de las «colonias» fenicias, c. 750 y 530 a.C. La influencia de los tartesios posfenicios va más allá de los estuarios y la sierra de Huelva y se extiendo por las regiones de los valles del Bajo y el Alto Guadalquivir, Extremadura y las regiones lejanas del hinterland de las colonias fenicias del este.

Varias ideas preponderan en los debates en torno a los tartesios posfenicios. En primer lugar, y la más importante, es la de su consonancia con una perceptible y variopinta influencia orientalizadora. En segundo lugar, a menudo se piensa que el carácter y la sociedad tartésicos eran impulsados por la inspiración de los extranjeros orientales; la adopción de una cultura diferente («aculturación») generalmente se interpreta como la señal preponderante de la nueva época. En tercer lugar, la cultura tartésica se relaciona muy a menudo con lo que se sabe —o no se sabe— de las colonias fenicias. En estas circunstancias, la imagen de Tartessos en su apogeo se ha tipificado de manera muy sencilla: mediante un aspecto oriental de origen fenicio. Seguidamente examinaremos algunos asuntos y hallazgos arqueológicos relacionados con ello.

METALURGIA

El núcleo de la región de Tartessos, Huelva, nos ha proporcionado información sobre la metalurgia, que era la actividad que más renombre dio a Tartessos. Mientras los fenicios vivían y comerciaban en la costa de Málaga en el siglo VII a.C. (y, es de suponer, mientras Gades se erigía en principal ciudad fenicia del Mediterráneo occidental), los habitantes de un solo pueblo pequeño, situado junto a las minas de plata de Riotinto, en el Cerro Salomón, trabajaban la mena en sus propios domicilios. En el asentamiento del Cerro Salomón se han encontrado indicios de actividad metalúrgica (vestigios de escoria, residuos de fundición, piedras-martillo, moldes de arcilla, etc.), pero no de un alto nivel de vida. Aunque construidas con paredes de piedra, las casas no tenían cimientos y los techos eran frágiles: ni las casas ni la actividad metalúrgica duraron mucho tiempo en el Cerro Salomón. Condiciones parecidas gobernaban el modo de vida en otro pueblo de metalúrgicos en Huelva. En este caso se trataba de un asentamiento de chozas —en San Bartolomé de Almonte — situado junto al camino que iba de las minas de Aznalcóllar a Gades. En el siglo VII a.C., en lugares próximos a las minas de Riotinto (tales como Chinflón y Quebrantahuesos), era frecuente que el metal continuara produciéndose de acuerdo con la tradición de la anterior fase del Bronce Final. Durante el Bronce Final las menas extraídas de las minas de Riotinto también se trabajaban en el asentamiento de la misma Huelva.

Sin duda alguna, la producción de plata aumentó considerablemente después de que los colonizadores fenicios fundaran sus asentamientos en la Península Ibérica. Sin embargo, el proceso de producción de metal —en particular la extracción y fundición de cobre— fue un logro técnico de los metalúrgicos indígenas del Bronce Final. La fundación de Gades fue un momento decisivo, después del cual el camino que llevaba a los recursos de estaño del noroeste —muy utilizado por la gente del país durante siglos—- quedó abierto a los mercaderes fenicios. Por tanto, el interrogante que se nos plantea es si la renovada inversión en la tecnología del bronce y la producción de plata fue una aportación de los metalúrgicos fenicios, o si éstos sencillamente usaron su influencia para mejorar la producción local de estos metales preciosos. Por un lado, los indicios de actividad metalúrgica entre los tartesios antes de la llegada de los fenicios son reales, pero no abrumadores. Por otro lado, se piensa que la población autóctona de Tartessos extraía y fundía las menas (plata y cobre). Obviamente, los fenicios comerciarían con estos productos minerales en beneficio propio, pero es dudoso que la población nativa usara las menas para algo que no fuera exportarlas aprovechando las rutas creadas por los colonizadores. En uno y otro caso, los tartesios autóctonos también tenían por motivación los intereses mercantiles y contaban con su propia red para el trueque.

TRUEQUES ENTRE LA GENTE DEL LUGAR Y LOS EXTRANJEROS

Galera

Embarcaciones fenicias y griegas llegaron a las costas de lo que hoy es Huelva, y, con ellas llevaron la alfarería, la fundición de metales, y otros oficios en el lugar desconocidos.

En las colinas de Huelva (Cabezo de San Pedro y Cabezo La Esperanza), junto a los estuarios de los ríos Tinto y Odiel, de pronto salen a la luz indicios de un período un tanto diferente del Bronce Final. Se han observado indicios de técnicas de construcción fenicios en obras públicas de los aborígenes, en una etapa muy temprana del proceso de «aculturación»; como en el caso del muro de contención del Cabezo de San Pedro. Esta permutación cultural es especialmente obvia en el valle del Bajo Guadalquivir, donde abundan los nuevos asentamientos conocidos, pero es común en el territorio de todo el sur de la Península Ibérica junto al estuario del río de Guadalete, enfrente de las islas de Gades y a todo lo largo de los fértiles valles de los ríos Guadalquivir, Genil y Guadajoz. Lo que conocemos de los asentamientos tartésicos se basa principalmente en secuencias estratigráficas cuyo objetivo era obtener una serie cronológica de cerámica más que comprender el yacimiento de forma exhaustiva. No obstante, los restos estratificados reunidos proporcionan información suficiente para testificar que el cambio concuerda en el tiempo y el contenido. Los asentamientos que nos proporcionan los datos tienen inventarios largos y los siguientes están entre los más dignos de atención: Asta Regia; Cerro del Carambolo; Cerro Macareno; Carmona; Montemolín; Mesa de Setefilla; Los Alcores (Entremalo y Mesa de El Gandul); Huerto Pimentel (Lebrija) y Alonso, en la provincia de Sevilla; Acinipo (Ronda), en la provincia de Málaga; Cerro de los Infantes (Pinos-Puente), en la provincia de Granada; Colina de los Quemados; Llanote de los Moros (Montoso); Ategua y Torreparedones, en la provincia de Córdoba; Cástelo ( el asentamiento de La Muela) y Porcuna (Los Alcores/Cerrillo Blanco), en la provincia de Jaén; y Medellín, en la provincia de Badajoz.

Seguimos ignorando el aspecto detallado que tendría una población tartésica, pero la respuesta urbana al comercio con los fenicios se percibe generalmente en la sustitución de las chozas por casas rectangulares bien proyectadas y de obra de albañilería, y en la mejora de las viviendas en el Bronce Final. Poco después de que las primeras importaciones de cerámica fenicia llegaran a manos de la gente del lugar, parece que la población autóctona se había embarcado en la importante tarea de construir defensas. Una de las primeras comunidades que así lo hizo fue Tejada la Vieja, en Huelva, nueva ciudad amurallada posfenicia de 6,5 hectáreas, que probablemente se convirtió en centro de distribución de metal procedente de Riotinto, tanto para los tartesios como para los fenicios. Otros asentamientos del valle del Alto Guadalquivir (tales como Torreparedones y Puente Tablas) pronto (a principios del siglo VI a.C.) siguieron esta iniciativa y construyeron un recinto defensivo.

Heródoto de Halicarnaso

Heródoto de Halicarnaso (485-452 a.de C.) relató los viajes de su tiempo:
Llamado el padre de la Historia. Procedía de la ciudad de Halicarnaso, en el Asia Menor, bárbaro por el lado paterno y heleno por el materno. Dejó escrito que Homero vivió hacia 850 a. J.C. sin que nadie rebatiera esta fecha. Los historiadores posteriores han otorgado a sus escritos una gran veracidad. Él nos dejó muchos de los datos que hoy podemos saber sobre la Ciudad de Tartessos.

El cambio radical entre los períodos prefenicio y posfenicio de Tartessos se produce en el contexto de la cerámica. Aparte del uso generalizado del torno de alfarero para producir cuencos de superficie muy bruñida, las vasijas que reflejan el ajuste a una fase diferente —en las secuencias estratificadas— son los recipientes de gran capacidad con decoración pintada. Esta cerámica (vasijas bicromas con bandas) es el producto de estilo oriental más obicuo en la región de Tartessos. Se piensa que estas jarras grandes contenían vino, o quizá aceite de oliva. Los colonizadores o comerciantes fenicios trocarían estos productos por el grano o las menas de metal de los aborígenes. La fabricación de los recipientes, cuyos inventores fueron los fenicios, pronto pasaría a formar parte de las técnicas de los alfareros del lugar: entonces se utilizarían para almacenar cereales u otros productos sólidos.

Los Fenicios colonizaron grandes regiones como nos dice el mapa arriba

Una vez arraigado el comercio de artículos esenciales entre los colonizadores orientales y los grupos autóctonos —en beneficio mutuo—, empezaría el trueque de otras mercancías (el intercambio de alimentos por ornamentos o varios artículos de lujo). Es probable que se creara una infraestructura de transporte simultáneamente con esta actividad de comercio y trueque. Es fácil imaginar que había demanda de carne de buey —y de sal para conservarla— entre los colonizadores, a la vez que probablemente a los nativos les gustaba recibir artículos más lujosos a cambio: objetos de joyería, cajas y peines de marfil, botellas de cerámica o vidrio con perfume, platos y jarras de bronce, herramientas de hierro, textiles y prendas de vivos colores, etc. Este comercio con varios tipos de mercancía causaría un incremento de la producción local y contribuiría a una transformación total de las actividades económicas de ambas partes: proveedores y consumidores. Naturalmente, cabe esperar que este comercio de artículos tuviera consecuencias discernibles en lo que se refiere a las estructuras económicas y sociales de los tartesios. Se cree (aunque es debatible) que en Gades, donde se supone que se fabricaban valiosos objetos de bronce, oro, vidrio o marfil (modelos para los artesanos locales), vivían fenicios prósperos. Estos artículos de estilo fenicio debían de ser costosos y exclusivos, por lo que sólo un número muy reducido de personas tendría medios suficientes para adquirirlos. En última instancia, la relación comercial entre los nativos y los colonizadores no sólo surtiría efectos en la generación de riqueza, sino también en su distribución. Una vez más, una sociedad dividida en clases aparece prefigurada por líderes, elites o jefes locales que se enorgullecen de poder distinguirse llevándose a la tumba valiosos objetos personales parecidos a los de los colonizadores.

CEMENTERIOS, OBJETOS FUNERARIOS Y SOCIEDAD

Está claro que cementerios tartésicos donde había objetos funerarios de estilo oriental han sido el foco de intentos de ilustrar la marcha del desarrollo social y económico. Nuestra comprensión de las necrópolis tartésicas se basa en extraordinarios descubrimientos de artefactos y objetos de metal y marfil, así como de joyas.

Pectoral del Tesoro del Carambolo

El tamaño monumental de los montículos que tienen múltiples enterramientos ha dado pie a muchos debates. Sin embargo, estamos muy lejos de saber todo lo relativo a estos cementerios. Hay diferencias en los rituales funerarios no sólo entre las diversas necrópolis conocidas, sino también entre los enterramientos descubiertos en cada uno de estos cementerios. Así pues, no hay una pauta constante de procedimientos funerarios en la sociedad tartésica; tampoco hay una división clara de las divergencias sociales que pudieran darse en las diversas necrópolis de la región de Tartessos en el período durante el cual se usaron. En la actualidad sabemos que existía una estructura de clases sumamente diferenciada, muy motivada por los rituales y prácticas religiosos de los extranjeros orientales, aunque el grado de «aculturación» no puede medirse en términos de creencias religiosas. También está claro que los bienes valiosos estaban distribuidos de forma desigual entre los enterramientos, lo cual contribuye a que nos formemos la idea de una en la que había estratos sociales. A continuación examinaremos brevemente los datos arqueológicos que más relación tengan con lo que acabamos de ver.

LAS TUMBAS DE LA JOYA

En el núcleo de la región de Tartessos, de hecho en la ciudad de Huelva, se encuentra una de las necrópolis tartésicas más significativas. Ocupa la cumbre de la colina de La Joya -a 200 m de mi casa), donde excavaciones arqueológicas efectuadas en el decenio de 1970 revelaron 19 tumbas. El contenido de cuatro de ellas (números 5, 9, 17 y 18) era especialmente rico. En la 5, que correspondía a una inhumación, se encontraron un anillo de oro y pedazos de ámbar, plata y marfil, pero la tumba se distinguía por el ajuar de una jarra de bronce (de tipo rodio) y un plato de bronce con asas en forma de anillo, unidas en ambos lados a varas terminadas en manos. La tumba 9 contenía una inhumación, colocada en un plato del mismo tipo «de manos», y una incineración en la que había una hebilla de bronce para cinturón, del tipo «ganchos», ornamentos de cuentas de oro y ámbar, tres vasijas de alabastro, ánforas fenicias, cerámica local hecha a mano y vasos fenicios de barniz rojo. Las tumbas 17 y 18 eran aún más notables. La 17, correspondiente a una incineración, contenía una serie de ostentosos objetos funerarios. Estaban enterrados con las cenizas y comprendían un conjunto de artefactos de bronce: una jarra (un oenochoe de estilo fenicio), un plato, un incensario y un espejo con mango de marfil. En este enterramiento especial colocaron un carro de ceremonia tirado por dos caballos. Habían añadido al vehículo accesorios de bronce: una jarra (cubos de rueda en forma de cabeza de león y paneles), a la vez que los caballos estaban adornados con bridas de bronce (cubos de rueda en forma de cabeza de león y paneles), a la vez que los caballos estaban adornados con bridas de bronce. La tumba 17 de La Joya también contenía un cofre de marfil muy delicado, una vasija hecha de alabastro y un ánfora fenicia. En la tumba 18 había dos incineraciones. Una de ellas (A) confirmó la costumbre funeraria de poner un jarro para libaciones y un plato juntos. La segunda (B) contenía varios paneles de bronce, que tal vez pertenecieron a un carro. En el cementerio de La Joya también había tumbas modestas que contenían cuchillos o armas de hierro (tumba 16), vasijas toscas (tumba 12) y una variada colección de otros objetos: una vasija de bronce, una polvera de marfil y un ornamento de plata (en la tumba 14). La tumba 13 ha llamado mucho la atención. Correspondía a una inhumación múltiple, sin objetos funerarios, en la cual parece que los difuntos fueron enterrados en circunstancias extrañas, atados en posición fetal. Por supuesto, no hay ningún indicio claro de la razón de este enterramiento en particular: y tampoco puede considerarse que los difuntos sean especialmente pobres, o victimas de algún sacrificio ritual.

En la necrópolis de La Joya no queda ningún vestigio visible de estructuras funerarias en la superficie; y en la mayoría de los casos se usó cal para llenar las tumbas. Sin embargo, aparte de estos dos rasgos constantes, hay un notable grado de individualismo en las sepulturas de La Joya, del mismo modo que no hay dos enterramientos idénticos. Parece como di el deseo de distinción y de emular artefactos importados y extranjeros lo compartiesen muchos miembros de la comunidad que fueron enterrados en La Joya.

LOS MONTÍCULOS DE LOS ALCORES

Los pedazos de marfil que fueron enterrados como objetos funerarios en los túmulos de la religión de Carmona eran objetos personales de gran valor. Tales túmulos tienen gran importancia en el estudio de las necrópolis tartésicas, como la tienen también los fragmentos de cajas de marfil, peines, polveras, cucharas y otros accesorios personales de tocador que se encontraron como objetos funerarios.

Los montículos de Carmona están situados a lo largo de los promontorios rocosos de Los Alcores: la mayor parte de los trabajos arqueológicos en Los Alcores la hizo a finales del siglo XIX George Bonsor, que no anotaba sistemáticamente sus hallazgos. Sin embargo, las notas que sí tomó indican que cada túmulo era un cementerio que contenía varios enterramientos. De nuevo, el ritual funerario podía ser la incineración o la inhumación, y no había una manera establecida de colocar la pira, la urna y los objetos. Los túmulos individuales de Los Alcores —tales como Bencarrón, Mesa de El Gandul, Alcantarilla, El Acebuchal, Santa Lucía y Cañada de Ruiz Sánchez— son muy conocidos por la singularidad de los hallazgos y su notable significación.

Uno de los más importantes entre los grandes túmulos de Los Alcores es el túmulo G de El Acebuchal. Aquí tuvo lugar una inhumación doble en una cámara con paredes de piedra. Las hebillas de bronce para cinturón y los ornamentos de joyería son notables, pero el objeto funerario más importante era una fíbula, de plata, que se convirtió en prototipo de la llamada «fíbula tartésica». Cerca del túmulo G estaba el L: aquí la sepultura era sólo una zanja (fosa), pero parece construida después de la destrucción de una zona previa de la necrópolis. Esta pauta se repite en las necrópolis de Los Alcores. En el cementerio de la Cruz del Negro la tierra estaba apisonada entre las incineraciones en urnas, que aparecerían agrupadas en una necrópolis de montículos pequeños. Puede que este cementerio —que es muy conocido por los hallazgos de peines de marfil y por tipificar una urna de cerámica, de forma fenicia—se usara durante más tiempo que los demás. Otras investigaciones—de la necrópolis de Setefilla, cerca del valle del Guadalquivir— prueban que la construcción de un túmulo grande, a veces con una cámara central (como en el caso de El Acebuchal), a menudo alteraba un cementerio que ya existía.

Esto que habeis podido leer tanto ayer como hoy, son rasgos de la prehistoria de mi tierra natal, he mencionado aquí lugares muy familiares para mi y otros que me son muy cotidianos y por cuyos alrededores paso continúamente. Mañana continuaré con ésta serie que llegará hasta los Griegos primitivos en la Península Ibérica.

emilio silvera

 

  1. 1
    emilio silvera
    el 30 de abril del 2013 a las 6:06

    ¡Hola, Heriberto!
    Está bien que encontraras aquí lo que buscabas y que sea de tu agrado el contenido. La fuente es de toda comfianza y todo el contenido está basado en profundos estudios realizados durante años y años.
    Si tienen paciencia encontrarás más sonbre el tema en este mismo lugar.
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