mar
27
Lo que nos gustaría saber I
por Emilio Silvera ~
Clasificado en Física ~
Comments (2)
George J. Stoney, el físico irlandés y pensador excéntrico y original al que, en realidad, debemos la forma de deducir si otros planetas del sistema solar poseían o no una atmósfera gaseosa, como la Tierra, calculando si su gravedad superficial era suficientemente intensa para mantener esa atmósfera.
Pero su pasión real estaba reservada a su idea más preciada: el “electrón”. Stoney había deducido que debía existir un componente básico de carga eléctrica. Estudiando los experimentos de Michael Faraday sobre electrolisis, Stoney había predicho incluso cuál debía ser su valor, una predicción posteriormente confirmada por J. J. Thomson, descubridor del electrón en Cambridge en 1897, dándole la razón a Stoney que finalmente, a esta unidad básica de la electricidad, le dio el nombre de electrón con el símbolo e en 1891 (antes de su descubrimiento).
Stoney, primo lejano y más viejo del famoso matemático, científico de computación y criptógrafo Alan Turing, también era tío de George Fitzgerald, después famoso por proponer la “contracción Fitzgerald-Lorentz”, un fenómeno que fue entendido finalmente en el contexto de la teoría de la relatividad especial de Einstein.
Stoney, podemos decir con seguridad, fue el primero que señaló el camino para encontrar lo que más tarde conoceríamos como constantes fundamentales, esos parámetros de la física que son invariantes, aunque su entorno se transforme. Ellas, las constantes, continúan inalterables como sucede, por ejemplo, con la velocidad de la luz c, que sea medida en la manera que sea, esté en reposo o esté en movimiento quien la mide o la fuente de donde parte, su velocidad será siempre la misma, 299.792.458 m/s. Algo análogo ocurre con la gravedad, G, que en todas partes mide el mismo parámetro o valor: G = 6’67259 × 10-11 m3 s-2 Kg-1. Es la fuerza de atracción que actúa entre todos los cuerpos y cuya intensidad depende de la masa de los cuerpos y de la distancia entre ellos; la fuerza gravitacional disminuye con el cuadrado de la distancia de acuerdo a la ley de la inversa del cuadrado.
Profesor de filosofía natural (así llamaban antes a la Física) en el Queen’s College Galway en 1860, tras su retiro se trasladó a Hornsey, al norte de Londres, y continuó publicando un flujo de artículos en la revista científica de la Royal Dublín Society, siendo difícil encontrar alguna cuestión sobre la que no haya un artículo firmado por él.
mar
27
Sin riesgo no habrá conquista
por Emilio Silvera ~
Clasificado en General ~
Comments (0)
No pocas veces he pensado que, las revoluciones científicas, desafían el sentido común. Si todas nuestras nociones acerca del universo fueran correctas, hace mucho tiempo ya que la ciencia habría resuelto los secretos del universo que incansablemente procuramos desvelar. Es la Ciencia la que se propone quitar esa capa de apariencia que esconde la verdadera naturaleza de los objetos a nuestra inteligencia y nos esconde esa verdad subyacente. De hecho, si apariencia y esencia fuesen lo mismo, ¿para qué se necesitaría la ciencia?
La noción de sentido común más arraigada dentro de nuestras mentes es que estamos en un mundo tridimensional. No hace falta aclarar que longitud, anchura y altura bastan para describir los objetos presentes en nuestro universo visible y, si añadimos el tiempo como una cuarta dimensión, el panorama nos queda claro y diáfano para entender todos los sucesos del universo. Otra cosa será saber, el por qué ocurren de esa manera y como consecuencia de qué misteriosas fuerzas o constantes pasan las cosas de la manera que hemos podido llegar a observarlas.
Algunos se han atrevido a afirmar públicamente que pueden existir más dimensiones o que nuestro universo pudiera estar coexistiendo con otros, y, no pocos, ante tales afirmaciones han contestado con un abierto sarcasmo por llamarlo de una manera suave. Sin embargo, no son pocos (cada vez más) los que apuestan por este tipo de ideas que nos podrían llevar a niveles más altos del saber del mundo al profundizar en regiones hasta ahora inexploradas en las que podríamos hallar las respuestas a esas preguntas tantas veces formuladas y no contestadas por nadie.
Existe un reconocimiento creciente entre los físicos de todo el mundo, incluyendo varios premios Nobel, de que el universo puede existir realmente en un aespacio de dimensiones superiores. Si se demuestra que esas nuevas teorías son correctas la revolución científica estaría servida y, a partir de ahí, tendríamos que cambiar aquellos conceptos profundamente arraigados en nuestras mentes que del Universo tenemos.
mar
25
Los misterios de la Mecánica cuántica ¿Los desvelaremos alguna vez?
por Emilio Silvera ~
Clasificado en Carnaval de Física ~
Comments (3)
¡La Mecánica Cuántica!
Algunos buenos físicos, desde siempre, han hablado de la belleza implícita en las matemáticas y, generalmente, se refieren a que con una gran economía de números nos pueden hablar de muchas cosas y además profundas. Como ejemplo de lo que digo, podríamos recordar la fórmula de Einstein de la Relatividad especial que a todos nos es familiar E = mc² y, la que nos describe la más compleja Relatividad general que no llena ni una línea de este comentario y que, sin embargo, nos habla de uno de los pensamientos más profundos que el ser humano haya podido tener. De hecho, a partir de esa ecuación de campo de la R.G., comenzó realmente la historia de lo que hoy conocemos como cosmología, tantos son sus mensajes sobre el Universo.
En la teoría de la Supersimetría, las matemáticas son realmente bellas y lo mismo podríamos decir de la teoría de Yang-Mills. La primera nos habla de una simetría que puede ser aplicada a las partículas elementales con el fin de transformar un Bosón en un fermión y viceversa. En las teorías supersimétricas más simples, cada Bosón tiene un compañero fermiónico y cada fermión tiene un compañero bosónico. Los compañeros bosónicos de los fermiones tienen nombres formados añadiendo “s” al principio del nombre del fermión, por ejemplo, selectrón, squark y sleptón.
Los compañeros fermiónicos de los Bosones tienen nombres formados reemplazando el “on” del final del nombre del Bosón por “ino” o añadiendo “-ino”, por ejemplo gluino, fotino, wino, y zino.
Los infinitos que causan problemas en las teorías cuánticas de campo relativistas (obligando a la renormalización) son menos severos en las teorías supersimétricas, porque las contribuciones a los infinitos de los Bosones y los fermiones se pueden cancelar unos a otros.
mar
25
¡La Mecánica Cuántica!
por Emilio Silvera ~
Clasificado en Carnaval de Física ~
Comments (4)
¡La Física! Esa maravilla
Las sustancias formadas por una sola clase de átomos se llaman elementos químicos. La palabra “átomo” procede del griego ατομος, que significa “indivisible” y el uso de la palabra “elemento” sugiere que se ha llegado a los ladrillos básicos con los que está formada la materia. De hecho, esta es la imagen que se tenía a mediados del siglo XIX cuando se acuñaron estos términos. Sin embargo, hoy sabemos que todo esto es falso, que los átomos se pueden dividir y que, de esta manera, los elementos han dejado de ser verdaderamente elementales. Los físicos continúan con esta nomenclatura aunque sea formalmente incorrecta, ya que, la costumbre, como dicen los juristas, no pocas veces rigen la jerga de las leyes.
A todo esto y hablando de los átomos, por fuerza, nos tenemos que acordar del electrón que da al átomo su forma esférica. Son partículas cargadas eléctricamente que se mueven alegremente alrededor del núcleo. El electrón es muy ligero: su masa es solamente 1/1.8836 de la del núcleo más ligero (el hidrógeno). La carga eléctrica del electrón es de signo opuesto a la del núcleo, de manera que los electrones están fuertemente atraídos hacia el núcleo y se repelen mutuamente. Si la carga eléctrica total de los electrones en un átomo iguala a la del núcleo, para lo que generalmente se necesitan varios electrones, se dice que el átomo está en equilibrio o que es eléctricamente neutro.
La fuerza a la que obedecen los electrones, la denominada fuerza electrostática o de Coulomb, es matemáticamente bastante sencilla y, sin embargo, los electrones son los responsables de las importantes propiedades de los “enlaces químicos”. Esto se debe a que las leyes de movimiento de los electrones están regidas completamente por la “mecánica cuántica”, teoría que se completó a principios del siglo XX. Es una teoría paradójica y difícil de entender y explicar, pero al mismo tiempo es muy interesante, fantástica y revolucionaria. Cuando uno se introduce en las maravillas de la mecánica cuántica es como si hiciera un viaje a un universo que está situado fuera de este mundo nuestro, ya que, las cosas que allí se ven, desdicen todo lo que dicta nuestro sentido común de cómo tiene que ser el mundo que nos rodea.
No solamente los electrones, sino también los núcleos atómicos y los átomos en su conjunto obedecen y se rigen por la mecánica cuántica. La Física del siglo XX empezó exactamente en el año 1900, cuando el físico alemán Max Planck, escribió un artículo de ocho páginas y allí propuso una posible solución a un problema que había estado intrigando a los físicos durante años. Es el problema de la luz que emiten los cuerpos calentados a una cierta temperatura, y también la radiación infrarroja emitida, con menos intensidad, por los objetos más fríos.

Estaban bien aceptados entonces que esta radiación tenía un origen electromagnético y que se conocían las leyes de la naturaleza que regían estas ondas electromagnéticas. También se conocían las leyes para el frío y el calor, la así llamada “termodinámica”, o al menos eso parecía. Pero si usamos las leyes de la termodinámica para calcular la intensidad de la radiación, el resultado no tiene ningún sentido. Los cálculos nos dicen que se emitiría una cantidad infinita de radiación en el ultravioleta más lejano, y, desde luego, esto no es lo que sucede. Lo que se observa es que la intensidad de la radiación muestra un pico a una cierta longitud de onda característica, y que la intensidad disminuye tanto para las longitudes mayores como para las longitudes menores. Esta longitud característica es inversamente proporcional a la temperatura absoluta del objeto radiante (la temperatura absoluta se define por una escala de temperatura que empieza a 273 ºC bajo cero). Cuando a 1.000 ºC un objeto se pone al “rojo vivo”, el objeto está radiando en la zona de luz visible.
Lo que Planck propuso fue simplemente que la radiación sólo podía ser emitida en paquetes de un tamaño dado. La cantidad de energía de uno de esos paquetes, o cuantos, es inversamente proporcional a la longitud de la onda y, por lo tanto, proporcional a la frecuencia de la radiación emitida. La sencilla fórmula es:
E = h x v
Donde E es la energía del paquete, v la frecuencia y h es una nueva constante fundamental de la naturaleza, la constante de Planck. Cuando Planck calculó la intensidad de la radiación térmica imponiendo esta nueva condición, el resultado coincidió perfectamente con las observaciones.
Poco tiempo después, en 1905, Einstein formuló esta teoría de una forma mucho más tajante: el sugirió que los objetos calientes no son los únicos que emiten radiación en paquetes de energía, sino que toda la radiación consiste en múltiplos de los paquetes de energía de Planck. El príncipe francés Louis-Victor de Broglie, dándole otra vuelta a la teoría, propuso que no sólo cualquier cosa que oscila tiene una energía, sino que cualquier cosa con energía se debe comportar como una “onda” que se extiende en una cierta región del espacio, y que la frecuencia, v, de la oscilación verifica la ecuación de Planck. Por lo tanto, los cuantos asociados con los rayos de luz deberían verse como una clase de partículas elementales: el fotón. Todas las demás clases de partículas llevan asociadas diferentes ondas oscilatorias de campos de fuerza.
El curioso comportamiento de los electrones en el interior del átomo, descubierto y explicado por el famoso físico danés Niels Bohr, se pudo atribuir a las ondas de De Broglie. Poco después, en 1926, Erwin Schrödinger descubrió como escribir la teoría ondulatoria de Debroglie con ecuaciones matemáticas exactas. La precisión con la cual se podían realizar cálculos era asombrosa, y pronto quedó claro que el comportamiento de todos los objetos pequeños estaban exactamente determinados por la recién descubiertas “ecuaciones de onda cuánticas”.
Pocas dudas nos pueden caber a estas alturas de que la mecánica cuántica (de Planck) y, la Relatividad –tanto especial como general- (de Einstein), además de ser las dos teorías más importantes de la Física de nuestro tiempo, funcionan de tal forma que uno, cuando profundiza en sus predicciones y las compara con lo que ocurre en el Universo, no puede por menos que, asombrarse, al comprobar como unas mentes humanas han sido capaces de llegar a estos profundos pensamientos que nos acerca a la realidad de la Naturaleza.
emilio silvera
mar
23
Está claro que, en la Imagen que del Universo tenemos, nuestras mentes...
por Emilio Silvera ~
Clasificado en Astronomía y Astrofísica ~
Comments (1)
El viento azotaba la bandera de un templo, y dos monjes disputaban sobre la cuestión. Uno de ellos decía que la bandera se movía, el otro que se movía el viento. Argumentaban sin cesar. Eno el Patriarca dijo: “No es que el viento se mueve; no es que la bandera se mueva; es que vuestras honorables mentes se mueven”
Este pensamiento de la doctrina sutra puede definir muy bien lo que nos pasa a nosotros con el entendimiento de los fenómenos que podemos observar en la Naturaleza, a los que nuestra ignorancia puede encuadradar en un lugar equivocado y alejado de la realidad, ya que, entender la simplicidad y la belleza del Universo, no siempre es fácil para nuestras complejas mentes. Así, resulta que, la Naturaleza es bella y sencilla, lo conplejo podría estar dentro de nosotros mismos y, es, precisamente esa complejidad la que nos impide “ver” lo que realmente ocurre. Siempre nos decantamos por las soluciones más difíciles y, generalmente hacemos caso omiso al mensaje que nos envía eso que los físicos denominan Navaja de Occan que, está referido al principio filosófico que nos dice que el camino de lo más simple es, generalmente, el más acertado.
Sabemos que la Historia ha ido avanzando a cortos pasos en el conocimiento del Universo y, si miramos hacia atrás en el tiempo, nos trasladamos hasta aquellos tiempos en que Eudoxo entró en las páginas de la historia un día de verano de alrededor de 385 a. C., cuando bajó del barco que lo había llevado desde su ciudad natal Cnido, en Asia Menor, dejó su escaso equipaje en un elojamiento barato cercano a los muelles y caminó ocho kilómetros por el polvoriento camino que conducía a la Academia de Platón, situada en los suburbios del noroeste de Atenas.
La Academia estaba en un bello lugar, en medio de un bosque sagrado de olivos, los originales “bosquecillos de Academo”, cerca de Colona, el santuario del ciego Edipo, donde las hojas de los álamos blancos se volvían plareadas bajo el viento y los ruiseñores cantaban de día y de noche. El mentor de Platón, Sócrates, hablaba favorablemente de los bosquecillos de Academo, y hasta aristófenes, el calumniador de Sócrates, los describía cariñosamente como “llenos de olor a madreselva y e paz”.















Totales: 3.987.443
Conectados: 16






