Abr
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La Vida y la Muerte, un Principio del Universo
por Emilio Silvera ~
Clasificado en General ~
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Nos dicen que nada muere, que todo se transforma, que la vida es preciosa y cada momento vivido es único e irrepetible. La materia se ha estructurado hasta alcanzar los penbsamientos. Somos átomos que, si tuiviéramos que contar uno cada segundo, estarías 14.000 millones de años contando. Nacemos para hacer preguntas, vamos comprendiendo y formando un apersonalidad, una Coinciencia, y, cuando nos vamos para siempre, nuetras ideas quedan aquí.
Esta reflexión que (supuestamente) nos hace Roger Penrose, combina principios científicos con una visión existencial sobre la naturaleza humana y el universo. Podemos detallar los puntos clave basados en la divulgación científica:
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- “Nada muere, todo se transforma”: Esta frase, popularizada en la cultura popular por Jorge Drexler pero basada en el principio de conservación de la materia de Antoine Lavoisier, significa que los átomos que componen nuestro cuerpo no desaparecen tras la muerte, sino que se reciclan y reincorporan al entorno.
- Somos polvo de estrellas: Como divulgaba Carl Sagan, estamos hechos de material estelar. Los átomos de carbono, nitrógeno y oxígeno en nuestro cuerpo fueron forjados en el interior de estrellas que vivieron y explotaron mucho antes de que existiera el Sol.
- La inmensidad de los átomos: Si contaras los átomos de tu cuerpo a un ritmo de uno por segundo, tardarías miles de millones de años. Somos estructuras de materia sumamente complejas y numerosas (casi 14.000 millones de años, equivalente a la edad del universo, si cada átomo fuera un año).
- Conciencia y legado: Somos “materia consciente”, una forma en que el universo se conoce a sí mismo. Aunque la vida biológica individual es única e irrepetible, la influencia, ideas y actos quedan en la memoria colectiva y en la transformación continua del mundo.
Según todo esto, la ciencia sugiere que somos una forma efímera de energía y materia estelar que, durante su breve paso, desarrolla la capacidad de entender el Cosmos. Y, tal punto de vista, desde esa perspectiva, puede parecer que nos somos gran cosa. Sin embargo, no podemos dejar el dictamen en la superficie, hay que profundizar mucho más, y tenemos que llegar a ese punto en el que, la materia evolucionada alcanzó la inteligencia que la faculta para plantear preguntas, para generar pensamientos originales, para sentir y querer, para que los sentimientos inunde todo nuestro Ser.
No sabemos (aunque lo sospechamos), si existen otros Seres inteligentes en nuestra propia Galaxia y en la inifinidad de ellas que existen en el Universo, pero sabiendo que el Universo es el mismo en todas partes, y, que en todas sus regiones, suceden las mismas cosas que están regidas por las cuatro fuerzas fundamentales y las constantes universales, tenemos que convenir que también, en todas partes y en las adecuadas condiciones, habrá surgido la Vida.
El nivel alcanzado por nuestras Conciencias nos hacen revelarnos con esa idea de estar condenados a ese viaje sin retorno, dejar a los seres queridos sin saber que destino les espera… ¡Es insoportable! Sin embargo, la razón, nos lleva a comprender que mucho peor sería la consena de la inmortalidad: Perderíamos la curiosidad por saber, caeríamos en una gran depresión, nada tendría interés para nosotros, dejaríamos de plantear preguntas y de tratar de descubrir, nada tendría ningún sentido, y, en ese estado mental… ¿Merecería la Pena seguir por aquí?
Sí, mi reflexión anterior aborda una de las paradojas centrales de la existencia humana: la necesidad de sentido frente a la certeza de la finitud. La angustia de la mortalidad es, según muchos filósofos, lo que le da valor a la vida.
La in-soportable finitud: La consciencia de la muerte (esa “revelación” de la que hablo) es un golpe directo a nuestro sentido del yo. La angustia surge de la separación de seres queridos y la incertidumbre del destino final.
La paradoja de la inmortalidad: Como he señalado, una vida infinita probablemente llevaría a la pérdida de la curiosidad, el aburrimiento existencial y una falta de sentido. Si todo el tiempo del mundo está disponible, nada es urgente, nada es valioso y nada se “descubre” realmente.
La muerte como motor: La filosofía existencialista sugiere que la conciencia de que moriremos (“ser para la muerte”, como decía Heidegger) es lo que nos impulsa a vivir de manera auténtica, a valorar el presente y a llenar de significado nuestro tiempo.
¿Merece la pena? La razón indica que la finitud es lo que permite que las experiencias sean únicas y valiosas. El valor de la vida no está en su duración, sino en su intensidad, sus amores y sus descubrimientos. Si lo pensamos bien, la mortalidad es lo que hace posible que todo siga, que nada se estanque, que lo que venga detrás creen nuevas cosas, generen nuevos pensamientos, vayan un poco más allá de lo que nosotros hicimos, y, todo eso, es posible gracias a lo que dejamos que fue la guía de los que llegaron después.
En este punto, recuerdo aquel pensamiento: “No quejarse porque terminó, alegrarse porque sucedió”.
Emilio Silvera V.
















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